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Full text of "Disyuntiva nacional : Venezuela o Crespo"

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UNIVERSITY OF 

NORTH CAROLINA 

AT CHAPEL HILL 




ENDOWED BY THE 

DIALECTIC AND PHILANTHROPIC 

SOCIETIES 



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University of North Carolina at Chapel Hill 



http://archive.org/details/disyuntivanacionOOmest 



GENERAL MESTRE 



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(VENEZUELA ó CRESPO) 



CARACAS 



TIP. GUTTENBERG, 2 — SOCIEDAD A TRAPOSOS — 2 



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(VENEZUELA ó CRESPO) 



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(oíuáadano Que^ ae J a ^Jnáíancia en lo \giuii 
<$ef zÜUÍiiio zfieclelat. 



El día once de mayo del próximo pasado año, tuve 
el alto honor de dirigirme á usted en un libelo de demanda 
jue textualmente dice así : 

«Yo, Vicente Sebastián Mestre, ciudadano colombiano expresa- 
mente reconocido «en la plenitud» de mis prerrogativas internacio- 
nales, Autor de varias obras militares y Miembro correspondiente 
de algunos Institutos científicos de Europa, mayor de edad y vecino 
de Caracas, á usted con el mayor acatamiento digo lo siguiente : 

Presento copia certificada de las cartas que tuve el honor de 
dirigir al señor General Joaquín Crespo, á la sazón Presidente de la 
República, fechadas el 25 de Octubre de 1893, 2 9 de Diciembre de 
.893, 14 de Enero de 1894, 1 5 de Febrero de 1894, 11 de Abril de 1894, 
¡7 de Abril de 1894, 26 de Abril de 1894, 10 de Mayo de 1894 y 15 
ie Mayo de 1894, que son l° s documentos I, II, IV, V, VI, VII, 
VIII, IX y XI ; y también en copia certificada por el Registrador 
Principal, presento la tarjeta que me dirigió el General Crespo, 
¡echada en Maracay, el 9 de Enero de 1894, documento número III, 
I las cartas que aquel elevado personaje de Venezuela se sirvió 
< irigirtne con fecha 12 y 19 de Mayo de 1894, que son los documen- 
j >s marcados con los números X y XII, que luego fneron reconocidos 
idicialmente como auténticos por el signatario, según puede verse 
en la diligencia de diez de Octubre de 1896, suscrita por el Presidente 
Secretario de la Alta Corte Federal, reverso de la hoja 14 y frente 
*ie la 15. 

Estas cartas, así judicialmente reconocidas, tienen la fuerza pro- 
batoria que les asigna el artículo 1.288 del Código Civil cuando 
'ice: «El instrumento privado reconocido, por la parte á quien se 



— 4— 

opone, ó tenido legalmente por reconocido, tiene la misma fuerza 
probatoria que la escritura pública entre los que lo han suscrito y 
entre sus herederos y caúsahabientes.» Véanse, además, los artículos 
1.294 y x - 2 97 del citado Código Civil. 

En la correspondencia epistolar citada, cruzada entre el señor 
General Joaquín Crespo y yo, — y que presento en copia certificada 
por el señor Registrador Principal, hay tal concatenación lógica, que 
resultan ordenadamente los siguientes hechos esenciales : 

i° Que el 25 de Octubre de 1893, * e remití al señor General Crespo 
siete volúmenes de manuscritos contentivos de una obra inédita de- 
nominada Proyecto de Código Militar, que yo había redactado á lo 
menos con «aquiescencia» y «consentimiento» del destinatario, según 
la confesión de éste, hecha en su carta de 12 Mayo de 1894, docu- 
mento X : lo cual no tiene nada de raro, ya que el señor General 
había publicado antes como propia, una obra militar mía y aun la 
había oficialmente adornado con su retrato ; 

2 o Que á principio de Noviembre de 1893, es decir, pocos días 
después de remitida la obra al señor General Crespo, los volúmenes 
de manuscritos volvierou á mi poder, según mi propia carta de 29 de 
Diciembre de 1893, por depósito que hizo de ellos el señor Luis F. 
Castillo, á quien di el recibo correspondiente, en razón de cierto 
inopinado viaje de Crespo á Maracay ; 

3 Que después de algunas conferencias, la obra volvió á poder 
del General Crespo, con mi carta remisoria de 11 de Abril de 1894, 
documento VT ; y 

4 Que tras de una discusión desagradable, en la cual el General 
Crespo negó haberme dado orden imperativa para redactar la obra, 
— si bien confesó haber prestado para tal efecto su «aquiescencia» y 
«consentimiento» — discusión en la cual sostuve razonablemente haberla 
compuesto por encargo del citado personaje, éste concluyó dándola 
por terminada, es decir, la discusión, acusando recibo de la carta de 
11.de Abril de 1894, remisoria de la obra, y prometiendo devolver 
ésta por medio de su Secretario. Véase la carta judicialmente reco- 
nocida de fecha de 19 de Mayo de 1894, documento XII, pág. 13. 

Por consiguiente, y para concretar más, los hechos resultantes 
de la correspondencia referida, se sucedieron en el siguiente orden 
cronológico : 

1893 

El 25 de Octubre envié por primera vez la obra inédita Proyecto 
de Código Militar, al señor General Joaquín Crespo. 

A principio de Noviembre volvió la obra á mi poder, según mi 
carta de 29 de Diciembre, por depósito hecho por el señor Luis F. 
Castillo, á quien di el recibo correspondiente, en razón del inopinado 
viaje de Crespo á Maracay. 

1894 

El 11 de Abril remití nueva y definitivamente la obra supradicha 
al señor General Crespo 

El 19 de Mayo el señor General Crespo acusó recibo de la carta 
de 11 de Abril, remisoria de la obra y prometió devolver ésta. 




— 5— 

Está, pues, fuera de toda duda, que el recibo dado al señor Euis 
F. Castillo en Noviembre de fSgj, quedó, cancelado y anulado por la 
carta remisoria de u de Abiil de iSg^í, y el recibo y la promesa sobre 
restitución de la obra, hecha por el señor General Joaquín Crespo 
en su carta final de 19 de Mayo de 1894. 

Mulalis Mutandi, esa es la forma que ordinaria y comunmente 
se emplea para cancelar ó anular los documentos que crean ó ex- 
tinguen alguna obligación; es decir, que con fecha posterior se expide otro 
documento que implícita ó explícitamente, como en el presente caso, 
destruye la fuerza probatoria del anterior. Por eso es que el artículo 
1.306 del Código Civil, ha dicho sencillamente : «Entre varios docu- 
mentos de reconocimiento pievalece el más reciente.» 

Digo pues, que confiado en la promesa — que yo estimaba como 
respetable — del señor General Joaquín Crespo, aguardé largo tiempo 
la anunciada restitución de mi valiosa obra, que él mismo había califica- 
do como de «largo aliento» ; hasta que agotada la paciencia y en vista 
del silencio incivil con que él correspondía á mis reclamaciones, me 
vi precisado á ocurrir en Junio de 1895 al Plenipotenciario colom- 
biano, bajo cuya tutela diplomática esto}^, impetrándole sus buenos 
oficios para el efecto de recuperar mis volúmenes de manuscritos, ya 
que el deudor tenía la dualidad de simple particular y de Presidente 
de la República. 

. Dado el espíritu de cordialidad- de que siempre se ha sentido 
animado el Ministro colombiano para con el Gobierno de Venezuela, 
era natural que creyese bastante el empleo de gestiones privadas, para 
el logro del fin que se quería alcanzar ; y al efecto, cerciorado de los 
perjuicios que yo estaba sufriendo con mi forzada permanencia en esta 
capital, resolvió exponerle el caso directamente al señor Presidente Cres- 
po. Y éste, asi como se afirmó en su antigua negativa respecto de la or- 
den imperativa para'redactar el Código, ratificó voluntaria y expontánea- 
mente — si bien lleno de despecho — su promesa escrita de 19 de Mayo de 
1894, de restituirme la obra ; ofreciendo al Diplomático reclamante, que 
se apresuraría á valerse del Ministro de Relaciones Exteriores, General 
Jacinto Lara, para que recogiendo los volúmenes de originales de su 
antiguo Secretario, á quien los había facilitado, los entregara inme- 
diatamente al citado Jefe de la Legación colombiana. 

•Es decir, que en Agosto de 1895, se reconoció y confesó deudor 
de mi obra, prometiendo su restitución al representante de mis intere- 
ses, Excelentísimo señor Ministro colombiano. 

Esa confesión fué repetida después en un documento público, 
cual es la nota diplomática que con fecha 2 de Septiembre de 1895 
le dirigió el Ministro de Relaciones Exteriores al Plenipontenciario 
colombiano, y que presento en copia certificada, página 38. 

Pero el señor General Crespo, fácil de sugestionarle, dada su 
ignorancia, pues que casi era analfabeto, y mal sugestionado en 
este caso por cierto espíritu maligno, en vez de honrar la propia 
firma y la palabra empeñada, resolvió eludir indecorosamente su cabal 
cumplimiento. 

Eso originó una larga correspondencia diplomática sostenida 
entre la Legación de Colombia y el Gobierno de Venezuela, corres- 



— 6— 

pondencia que terminó accidentalmente por un acto de deferencia de 
parte del Plenipotenciario colombiano, al convenir en que el asunto 
fuese sometido á la jurisdicción de la Alta Corte Federal. 

Entablada contra Venezuela la demanda de restitución ante ese 
Alto Tribunal, en breve se hizo ruidoso el juicio ya por su origen 
y naturaleza, ora por los altos dignatarios que en él intervenían, 
y lo que ss más, por ciertas prevaricaciones cometidas escandalosa- 
mente por el Vocal Presidente, el médico novel Doctor Jorge Pe- 
reira, que actuaba como Juez de substanciación ; hasta que, agavillados 
contra mí ciertos empleados bajo la poderosa influencia del deudor; 
contra mí, que no era ni soy más que un débil extranjero que 
pugnaba por alcanzar justicia y no podía, resolvieron privarme 
de mi libertad y me secuestraron en la Rotunda de esta ciudad, en 
donde estuve perenne y absolutamente incomunicado durante cua- 
trocientos seis [406] días. Cómo me martirisaron en aquella bárbara 
prisión, cuántas penas físicas y morales sufrí en aquél largo cauti- 
verio, sin más motivo para ello que el de haberme atrevido á ejercitar 
el derecho de propiedad garantizada por la Constitución y las leyes 
del País, no es para contarlo en un libelo de demanda, sino en un 
libro como el que tengo escrito titulado En completa desnudez. 

En la necesidad de hacer terminar el juicio antes de que se extin- 
guiera el período presidencial y con él la influencia poderosa del deu- 
dor, se me puso en libertad en Diciembre de 1897. 

En Febrero de 1898 se falló el pleito por medio de la sentencia que 
está publicada en la Gaceta oficiad número 7.239, de la cual presento 
un ejemplar para que obre sus efectos legales conforme á la ley 
de 26 de Abril de 1897. Rec. O. Tomo XIII, pág. 257. 

L,a sentencia ditada declara «que el General Joaquín Crespo no 
ha intervenido, con respecto á la obra demandada, por medio de 
sus órganos constitucionales, que son únicamente los Ministros del 
Despacho, para que, al caso pudiese considerársele con el carácter 
de Presidente de la República» ; y «que por los actos de este alto 
Magistrado como simple particular, no es, ni puede ser enjuiciable la 
Nación.» Y termina declarando incompetente á la. Alta Corte Fede- 
ral para conocer del juicio y mandando archivar el expediente ; del 
cual, una vez pasado á la Oficina Principal del Registro, se han 
sacado las copias certificadas que presento. 

Siendo incontestable que el General Joaquín Crespo recibió la 

, obra y se confesó deudor de ella ; y siendo evidente su dualidad de 

mero particular y de Presidente de la República cuando eso sucedió, 

es de simple sentido común que la obra debía restituirla ó pagarla 

Venezuela ó el General Crespo. 

Y como la Alta Corte Federal, que es el Tribunal Supremo del 
País, ha declarado que no es Venezuela sino el General Crespo quien 
resulta obligado á la restitución ó al pago, contra lo cual no protestó 
el aludido deudor ; si la fé pública no es un sarcasmo, si la lógica 
merece respeto, y si — á no dudarlo — los Tribunales de Venezuela son 
solidarios en la administración de justicia, tal como lo manda el ar- 
tículo 17 del Código de Procedimiento Civil, cuando dice que «los Jue- 
ces procurarán evitar la multiplicidad de los juicios y el riesgo de 



que se libren sentencias contrarias 6 contradictor ias en un mismo asztnto,» 
yo tengo perfecto derecho á que se condene al General Joaquín Cres- 
po ó á sus causa-habientes á la restitución de mi obra ó al pago 
de ochenta mil (80.000) bolívares en que resulta valorada según el 
documento público que presento en las fojas 15 y 16. L,o contrario, 
•es decir, si resultara que ni Venezuela ni el General Crespo ó sus 
sucesores deben restituir ó pagar la obra, si conforme á los Tribunales 
del País yo debo perderla, aunque haya un deudor convicto y confeso, 
quedaría singularmente caracterizada la más burda y grosera denega- 
ción de justicia. 

Cuatro años tengo ya de venir consagrado á estas difíciles gestio- 
nes por ver de recuperar mi valiosa obra. Hilas me hau costado 
muchos sinsabores, un largo cautiverio y una pavorosa incomunica- 
ción, que por la naturaleza de las cosas no puedo cobrar aquí. Me 
han costado, además, mucho dinero gastado en abogados, papel se- 
llado, estampillas y muchas otras diligencias que es preciso pagar en 
la costosa administración judicial del País ; y me han retenido en él 
contra mi voluntad, impidiéndome desde 1895 la publicación de obras 
cuya edición requiere mi presencia en Europa, según lo compruebo 
con la comunicación diplomática que produzco en las fojas 38 y 39. 

El solo lucro cesante es considerable, pues he dejado de ganar 
en todo ese tiempo lo que me habría producido la ya creciente venta 
de mis obras. La sola obra que estoy reclamando, vendida como es- 
taba en ochenta mil bolívares, y puesto este dinero á interés al diez 
por ciento anual, lo cual es muy corriente, me habría producido ya 
treinta y dos mil bolívares. 

Moralmente los perjuicios que he recibido son incalculables para 
un hombre como yo, ávido de gloria y de renombre. Baste decir 
que á mi salida de la Rotunda encontré las invitaciones que se me hi- 
cieron de Europa para que asistiera «por derecho propio, de aventajado 
publicista militar» á dos Congresos científicos que se efectuaron du- 
ranie mi largo cautiverio, para lo cual se me hacían los gastos de lo- 
comoción. Cuánto no habría podido ganar mi reputación de militar 
facultativo con la asistencia profesional á aquellos cuerpos científicos ! 
Ah ! Fueron muchos los males que me hizo el General Crespo por- 
quo no convine en algo siniestro y negro que no puedo decir aquí 
y porque no me resigné humildemente á que él se usurpara mi obra, 
como si la rapacidad fuera un título legal adquisitivo de las cosas ! 

No es, pues, exagerado apreciar en treinta mil (30.000) bolí- 
vares los perjuicios pecuniarios recibidos, cuando el solo interés del 
valor de la obra cuya restitución pido, me habría producido treinta 
y dos mil (32.000) bolívares en los cuatro años. 

En resumen, de la exposición anterior, apoyada en documentos 
que hacen plena prueba por ser documentos públicos los unos y los 
otros documentos privados reconocidos por la parte contraria, aparece 
que el señor General Joaquín Crespo recibió la obra inédita de que 
he hablado y que no me la devolvió, por lo cual tengo perfecto dere- 
cho á reclamarla ó á que se me pague la cantidad de ochenta mil 
[80.000] bolívares en que resulta avaluada y la estimo yo, y además 
los perjuicios que esa injusta retención me han producido.i los cuales 
estimo en treinta mil [30.000] bolívares. 



Habiendo muerto el General Crespo, lo cual es de pública noto- 
riedad, esa obligación ha pasado á su sucesión compuesta de su viuda 
la señora Jacinta Parejo de Crespo y sus hijos Joaquín Segundo, 
Inés María, Ana Jacinta, Estatio Emilio y Gonzalo Antonio Crespo, 
todos vecinos de esta ciudad, á los cuales demando formalmente para 
que me restituyan mi supradicha obra inédita denominada Proyecto- 
de Código Militar constante de siete volúmenes de manuscritos nu- 
merados y lujosamente empastados, ó para que me paguen en defecto 
de la obra la cantidad de ochenta mil [80.000] bolívares, y además 
la cantidad de treinta mil [30.000] bolívares en que estimo los per- 
j uicios que he sufrido por causa de su causante ; y también para 
que me paguen las costas de este juicio. 

En consecuencia, pido al ciudadano Juez que se sirva admitir es- 
ta demanda, citar á la señora Jacinta Parejo de Crespo, por sí y 
como representante legal de sus menores hijos Estatio Emilio y 
Gonzalo Antonio Crespo, al señor Joaquín Segundo Crespo y á las 
señoras Inés María Crespo de Guerra y Ana Jacinta Crespo de Capri- 
les, asistidas de sus respectivos maridos los señores Doctores Juan 
Ramón Guerra é Isaac Capriles, mayores de edad y vecinos de esta 
ciudad, quienes también deben ser citados para que estén á juicio por 
su carácter dicho de maridos de las demandadas señoras Inés María 
Crespo y Ana Jacinta Crespo respectivamente ; y ordenar que la com- 
parecencia de la| señoras Jacinta Parejo de Crespo, Inés María Cres- 
po de Guerra y Ana Jacinta Crespo de Capriles y del señor Joaquín 
Segundo Crespo sea personal para que me absuelvan posiciones, y 
en definitiva declarar con lugar esta demanda con las demás conde- 
naciones de ley.» 

II 

Con ese libelo de demanda presenté un ejemplar de 
la Gaceta Oficial de 9 de Agosto de 1895, en donde está 
publicado el Decreto Ejecutivo de esa misma fecha, por 
el cual el señor Presidente de la República concedió la li- 
cencia que necesitaba el Doctor Lucio Pulido, Ministro 
de Relaciones Exteriores, para ausentarse temporalmente 
del Distrito Federal, por motivos de salud. Por el artículo 
2° de ese decreto, encargó el Presidente al ciudadano Ge- 
neral Jacinto Lara, Ministro de Fomento, del citado Minis- 
terio de Relaciones Exteriores, mientras duraba la ausencia 
del Doctor Don Lucio Pulido. 

Presenté también un ejemplar de la Gaceta Oficial fe 
23 de Septiembre de 1895, en donde está publicada la cir- 
cular de esa misma fecha, del Ministro de Relaciones Ex- 
teriores, por la cual avisó el Doctor Lucio Pulido á todos 
los Ministros del Despacho Ejecutivo, al Gobernador del 
Distrito Federal, al Cuerpo Diplomático acreditado en Ca- 
racas, al Consejo de Gobierno, á la Alta Corte Federal y 
á los demás funcionarios que allí se expresan, que habiendo» 



regresado del extranjero, en donde se hallaba en uso de 
la licencia que se le concediera por motivos de salud, se había 
reencargado en ese día de la Cartera de Relaciones Exte- 
riores. 

Por tanto, la licencia y separación temporaria del Doc- 
tor Pulido, duró del 9 de Agosto de 1895 al 23 de Septiem- 
bre de ese mismo año. Es decir, cuarenta y cuatro días 
durante los cuales, y conforme al Decreto Ejecutivo citado, 
desempeñó interinamente el Ministerio de Relaciones Exte- 
riores, el señor General Jacinto Lara. 

Habiendo principiado esa interinaria ministerial el 9 
de Agosto y terminado el 23 del mes siguiente, es claro é 
indiscutible que el 2 de Septiembre de 1895 era Ministro de 
Relaciones Exteriores de los Estados Unidos de Venezuela, 
el señor General Don Jacinto Lara. 

Presenté también un ejemplar de la Gaceta Oficial &<ÜL 
6 de Marzo de 1893, en donde está publicada el acta y rese- 
ña oficial de la recepción diplomática hecha por el Gobier- 
no de*Venezuela el 3 de aquel mismo mes, al Excelentísimo 
señor General Don José del C. Villa, Enviado Extraor- 
dinario y Ministro Plenipontenciario de la República de 
Colombia. 

Presenté un ejemplar de la Gaceta Oficial del 16 
de Abril de 1896, en donde está publicada el acta y 
reseñáT oficial de la recepción diplomática que el Gobierno 
de Venezuela hizo en ese día al Excelentísimo señor Ge- 
neral Don Abraham García, al reconocerlo como Enviado 
Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de la Repúbli- 
ca de Colombia en reemplazo del Excelentísimo señor Ge- 
neral Villa. 

De manera, que habiendo reconocido el Gobierno de 
Venezuela el 3 de Marzo de 1893 al Excelentísimo señor Ge- 
neral Villa en su alto puesto diplomático, y no habiéndosele 
reemplazado por el Excelentísimo señor General García 
hasta el 16 de Abril de 1896, es palmario que el 2 de 
Septiembre de 1895 era e ^ Excelentísimo señor General 
Don José del C. Villa, Enviado Extraordinario y Minis- 
tro Plenipotenciario de la República de Colombia, recono- 
cido por el Gobierno de Venezuela. 

De todo lo cual resulta esta premisa axiomática: que el 2 
de Septiembre de 1895, eran Ministro de Relaciones Exterio- 



IO — 



res de los Estados Unidos de Venezuela, el señor General 
Don Jacinto Lara; y Enviado Extraordinario y Ministro Ple- 
nipotenciario de la República de Colombia, el Excelentí- 
simo señor General Don José del C. Villa, reconocido por 
el Gobierno de Venezuela. 

Aunque la confesión de la parte contraria lo releve 
á uno de toda otra prueba, nunca estarán de más las ex- 
posiciones respetables que ayuden á caracterizar un hecho 
ó un punto dado ; y pues que al presente se trata de 
apreciar en todo su alto valor el documento diplomático ema- 
nado de la Cancillería venezolana, es decir, del propio Go- 
bierno del País, oigamos de preferencia lo que respecto á 
piezas diplomáticas, nos dicen un autor venezolano, uno 
colombiano y uno argentino. 

«Las negociaciones — dice Bello — de que el Ministro 
está encargado se conducen de palabra, ó si el asunto es 
de alguna importancia , por escrito : á veces directamente 
con el Soberano á quien está acreditado ; de ordinario con 
su Ministro de Relaciones Exteriores 

«Los escritos á que dan asunto las negociaciones 
entre Ministros son cartas ó notas 

«Se da el título de nota verbal & una esquela en que 
se recuerda un asunto en que se ha dejado de tomar reso- 
lución ó de dar respuesta ; y cuando la una y la otra se 
difiere todavía algún tiempo, la contestación que suele 
darse es otra nota verbal. Hay otras llamadas también 
memoranda 6 minuta, en que se pone lo, que ha pasado en 
una conferencia, para auxilio de la memoria, ó para fijar 
las ideas. Ni una ni otras acostumbran firmarse.» pág. 86. 
Principios de Derecho Internacional. Segunda edición, au- 
mentada y corregida por Andrés Bello, Miembro de la 
Facultad de Filosofía y Humanidades, y de la Facultad de 
Leyes, de la Universidad de Chile. Caracas. Almacén de 
J. M. De Rojas. Calle del Comercio número 40. 1847. 

«Llámase nota verbal — ha dicho Madiedo — una Comu- 
nicación Diplopiática eu que un Ministro, hablando de sí 
mismo eu tercera persona, se dirige á otro para recordarle 
algún hecho, punto de discusión, respuesta ó cosa semejan- 
te, referente á alguna conferencia, cita etc. La falta de 



II- 



firma en estos documentos parece una consecuencia natural 
de su misma redacción, pág. 331. Tratado de Deiecho 
de Gentes, Internacional, Diplomático y Consular, Redactado 
en conformidad con los principios y prácticas modernas 

Ven Europa y América por el Doctor Manuel María Madiedo, 
Profesor de Jurisprudencia. Bogotá. Tipografía de Nico- 
lás Pontón y Compañía. 1874.» 

«Note. — Dans un seus general 011 peut diré q' une 
note est un extrait sommaire d' un acte plus éutendu, un 
«xpose succinet d'uue affaire. 

En diplomatie, on donne le ñora de note á toute comu- 
nication écrite, uotamment en vue de la conclusión d'une 
négociatiou, échangée par les agents diploraatiques entre 
eux, ou avec le gouvernernent auprés duquel ils sont accré- 
dités. 

Les notes sont de deux sortes : celles qui sont signées 
par celui de qui elles émanent, et celles qui ne portent 
pas-de signature et son appelées ver bales. * Dictionaire de 
Droit International Public et Privé par Charles Calvo etc., 
•etc., tome second, pag. 30. 

Martens, Herftter, Fiore, Olivart y todos los autores 
<que he podido consultar, están de acuerdo en que la nota 
verbal diplomática es una comunicación si a firma, en que 
el autor habla de sí en tercera persona, pero que tiene la 
misma fé pública que cualesquiera otras comunicaciones 
•de distinta forma. ¿ Y cómo no ha de tener fé pública lo 
•escrito y dirigido deliberadamente por un Ministro, cuando 
la tiene su sola patabra . hablada f 

Ahora, cuando el Ministro de quien se trata, es nada 
menos que el Ministro de Relaciones Exteriores de un 
país, es decir, el propio Gobierno, — lo cual es algo más 
<jue ser Ministro acreditado ante él,- las opiniones anteriores 
crecen en favor de la respetabilidad de las notas verbales 
diplomáticas. 

Pero suponiendo que así no fuera, admitiendo que to- 
cios los autores se hubieran rebelado contra la valía de las 
notas verbales, nada significaría su reproche — desprovisto 
■de toda fuerza legal y coercitiva — ante la voluntad sobera- 
na de una nación que quisiera reconocer y hubiera recono- 
cido en semejantes piezas diplomáticas, la calidad de 
•documentos públicos. 



12 



Mas, una vez que tal país hiciera ó hubiera hecho en 
su favor tal reconocimiento á la faz de las naciones de la 
tierra, en una cuestión propia ; la probidad, y si no la 
probidad, la lógica, le impediría luego negarle la fuerza 
probatoria á las citadas comunicaciones. 

Porque en las ciencias sociales y políticas .como en 
las matemáticas, las conclusiones abstractas á que se lle- 
ga, tienen el carácter inmutable de los axiomas. Así, si 
en la medición de un territorio ganado por Venezuela, ésta 
sostuviera en su favor que un rectángulo es un paraleló- 
gramo que tiene los cuatro ángulos rectos, pero los lados 
contiguos desiguales ; en otra en que tuviera que entregar 
un giróa nacional, no iría á entregar con éste su propia 
honra, negando con ruindad la verdad científica anterior- 
mente enunciada y sostenida. 

Una nación que negara la fé publica ó siquiera tra- 
tara de menoscabar la respetabilidad de sus propias notas 
verbales diplomáticas, se infamaría á sí propia faltando 
vilmente al honor y á la delicada probidad que deben os- 
tentar las naciones, y se haría indigna He seguir culti- 
vando relaciones iuternacionales con el país engañado. 

Verbigracia, si Suiza por alguno de sus órganos inclu- 
sive cualquier tribunal, llegara — que no es presumible que 
llegue — á desviarse hasta el punto de desconocer ó siquiera 
intentar desprestigiar sus propias notas verbales ministe- 
riales, infundiría el alarma en el seno del Cuerpo Diplomá- 
tico y cometería un escándalo internacional de que tomarían 
buena nota los países que con ella cultivan relaciones, 
para preservarse en lo sucesivo de la perfidia que implicaría 
un proceder tan lleno de mala fé y tan propio para levan- 
tar las más vivas protestas de las naciones- civilizadas. 

Eso sin que hubiera antecedentes abrumadores. 

Que si tal negación ó menoscabo se hiciera — por las 
autoridades de cualquier nación — después de haber procla- 
mado ante el mundo civilizado la calidad de documentos 
públicos que tienen las supradichas notas verbales, seme- 
jante proceder sería depravado é indigno hasta de los ca- 
fres ó zulúes. Menelik, el célebre emperador de Abisinia, 
no lo haría por no presentarse ante el mundo en ruidosa 
bancarrota moral. 



—13— 

He ahí el caso en que no es presumible que incurra el 
Poder judicial del País. 

Venezuela ha publicado un libro titulado Historia 
Oficial de la Discusión entre Venezuela y la Gran Bretaña 
sobre sus límites en la Guayana; y después de haberlo 
publicado oficialmente en castellano con documentos oficia- 
les que solo ella podía tener aquí, lo ha circulado oficial- 
mente también, como puede verse en el acta del Consejo de 
Gobierno referente á la sesión del 27 de Junio de 1896, 
que está publicada en la Gaceta Oficial del 8 de Julio del 
mismo año, y de la cual presenté un ejemplar. A la Alta 
Corte Federal también le fueren remitidos diez ejemplares 
del libro, por el señor Ministro de Relaciones Exteriores, 
según puede verse en el acta del 26 ue Junio de 1896, que 
está publicada en la Gaceta Oficial del 22 de Julio siguien- 
te, y de la cual también presenté un traslado impreso. 

En ese libro oficial de Venezuela, del cual presento 
un ejemplar para qne se puedan verificar las citas que 
voy á hacer, hay las siguientes piezas diplomáticas sin firma, 
que ella ha reconocido con la calidad de documentos pú- 
blicos, mostrándolos así en su provecho al mundo entero, 
á saber : 

10 Memorándum sobre la cuestión de límites entre 
la Guayana Británica y Venezuela, paginado; 

29 Memorándum presentado por el General Guzmán 
Blanco á Sir Julián Pauncefote, página 66 ; 

39 Nota verbal del General Guzmán Blanco á Sir 
Julián Pauncefote, página 96 ; 

49 Memorándum de Bases de negociación, página 
105; 

59 Momerándum, página 108 ; 

69 Pro Memoria, página, 175 ; 

7 Contestación á la Pro Memoria, página 176; 

8 o Memorándum de observaciones (que no tiene si- 
quiera título) página 178; 

9 Memorándum, página 187 ; 

10 o Indicación personal de Sir Th. Sanderson, pá- 
gina 189; 

ii° Pro Memoria, página 196; 



—14— 

12° Nota Verbal, página 217. 

De todas estas doce piezas diplomáticas, la única per- 
sonal es la Indicación de Sir Th. Sanderscn, á que se 
refiere el Plenipotenciario venezolano Doctor Pulido en su 
comunicación de 6 Agosto de 1890 (pág. 191 del libro) 
dirigida desde Londres al Gobierno de Venezuela, y de la 
cual copio lo siguiente : 

«Ciudadano Ministro : 

Escribo á usted la presente nota como un complemento necesaria 
á la que dirigí con fecha de ayer, número 17. 

Deseando penetrar la significación de las insinuaciones conteni- 
das en los párrafos que inserté en aquella, tomados de lá nota y 
Memorándum de Sir Th. Sanderson, fecha 24. del próximo pasado, le 
pedí el 30 de este mismo mes una audiencia que me acordó inmedia- 
tamente. Fui á verle el 31 y tuvimos larga y animada conferencia 
en la que sostuve los derechos de Venezuela. 

L,e pregunté qué significaban estos párrafos y me contestó : que 
el Gobierno de Su Majestad Británica estaba dispuesto á oir y tomar 
en consideración las proposiciones de Venezuela para trazar una línea 
de conveniencia recíproca que se aleje poco de la Schomburgk, y 
que en cuanto á las bocas del Orinoco y Punta Barima, las abando- 
naría á Venezuela con la condición de que se diese por ésta en com- 
pensación cierta extensión de territorio por fijarse en el río Uruan 
(Yuruáu en el mapa) y el Cuyuní, al oeste de la línea de Schom- 
bourgk, mostrándome al efecto el territorio sobre la carta. Excitado 
por mí á escribir su pensamiento, lo hizo de su puño y letra (así 
está la nota verbal del Ministro I^ara al Plenipontenciario colombiano) 
en el papel que le acompaño y cuya traducción es la siguiente : 

«Una línea saliendo de Punta Mocomoco, entre Punta Barima y 
«el río Guaima, y tocando por el S. O. al río Amacuro. 

«En cambio ó compensación la línea fronteriza seguirá el curso del 
«río Uruán (Yuruán) desde su unión con el río Cuyuní, y podría 
«extenderse á la Sierra Usupamo y á la Sierra Rinocoto.» 

Ya el papel en mis manos, me lo pidió y le puso arriba «Perso- 
nal Suggestion», diciéndome que un diplomático no debía entregar 
así su pensamiento, pero estoy persuadido de que este propósito es 
oficial.» 

Hasta ahí el Doctor Pulido. 

Ahora digo yo. Ksta Personal Suggestion de Sir Th. 
Sanderson, no solo es un documento que carece de direc- 
ción, de firma, de fecha, de título ó nombre del que habla, 
sino que está diciendo expresamente que es una indicación 
personal, es decir, privada, del Secretario previsivo. 

Y no obstante la carencia que hay en él de la direc- 
ción, firma, fecha, y título ó nombre del que habla, fué 



—15— 

considerado como documento público por el Plenipoten- 
ciario venezolano señor José Audrade, en el Memorándum 
relativo á la cuestión de límites entre Venezuela y la Gua- 
yana Inglesa, presentado al Honorable W. Q. Gresham, 
Secretario de Estado de los Estados Unidos de América, 
página 223 y siguientes del libro que examino ; y no sólo 
fué considerado como documento público por el diplomático- 
citado, sino que Venezuela aprobó tal estimación publican 
dola oficialmente sin objeción alguna, y lo que es más y 
completamente decisivo, incluyendo la citada pieza británica- 
l&persoital s?¿ggestion-en la colección de documentos públicos 
exhibidos en la supradicha Historia Oficial. 

De manera que es tan cierto, verdadero é incontesta- 
ble que Venezuela ha reconocido ante el mundo, reconoce 
y proclama la calidad de documentos públicos que tienen 
las notas verbales diplomáticas, como fuera de toda duda 
y evidente que el 2 de Septiembre de 1895 erara? Ministro 
de Relaciones Exteriores de la República, el señor Gene- 
ral Jacinto Lara ; y Plenipotenciario de Colombia, el Exce- 
lentísimo señor General Don José del C. Villa. 

Aquí lo dicho del rectángulo ! 

Y como según el artículo 151 de la Constitución orlas 
prescripciones del Derecho de Geutes hacen parte de la 
Legislación Nacional»; y como según el artículo 1.283 
del Código Civil, «instrumento público es el que ha sido 
autorizado con las solemnidades requeridas por la ley por 
un Registrador ii otro funcionario ó empleado público, que 
tenga poder para darle un carácter auténtico en el lugar 
en que el instrumento ha sido autorizado»; y como cons- 
titucionalmente el funcionario que tiene en Venezuela 
más poder para dirigirle notas verbales al Cuerpo Diplo- 
mático" es precisamente el Ministro de Relaciones Exte- 
riores, es irrefutable que son instrumentos públicos las 
notas verbales que el citado Dignatario le dirija á los 
Ministros de las Naciones Extranjeras acreditados ante 
su Gobierno. 

En resumen, la carta judicialmente reconocida, pro- 
misoria de la restitución de la obra, la nota diplomática 
del Ministro Lara que dejo bien caracterizada, la con- 
secuencial del Plenipotenciario colombiano y la diligencia 
judicial de reconocimiento de la citada carta de 19 de 



— 16— 

Mayo de 1894, — todo lo cual he presentado en copia cer- 
tificada por el Registrador Principal, — son del tenor y 
tienen el orden cronológico siguiente : 

«Caracas : 19 de Mayo de 1894. 

Señor General Vicente S. Mestte. 

Presente. 
Estimado amigo. 

He recibido su carta de 15 de este mes que se refiere á la 
contestación que di á las de usted fechadas á 11, 17 y 26 de Abril 
próximo pasado. 

No encontrando correctas las aseveraciones de usted en cuanto 
al reclamo que me hace por la fot mación de su proyecto de Código Militat , 
y para poner término á una discusión sin objeto, ratifico en todas 
sus partes el contenido de mi carta del día 12 del presente. 

Mi Secretario LE devolver! el manuscrito que usted envió para 
ser visto y considerado por el Gobierno. 

Soy su afectísimo amigo, 

Joaquín Crespo.» 

«Jacinto Lara, contesta el atento saludo de su distinguido amigo 
el señor General Villa, Ministro de Colombia, y le dice : que per- 
sonalmente estuvo en la casa del señor General Velutini para indi- 
carle por orden del General Crespo, que DEBEN DEVOLVÉRSELE 
al General Mestre los originales que pide : y aunque fué larga mi 
visita á la señora de Velutini esperándolo, no logró verlo. 

Caracas: Setiembre 2 de 1895.» 

«Legación de Colombia. — N? 422. — Caracas : Enero 30 de 1896. 

Excelentísimo Señor : 

En el curso del mes de Agosto del año próximo pasado á fin 
de poner término amistoso á una reclamación hecha por el colom- 
biano General Vicente S. Mestre, para que se le pagaran hono- 
rarios por la elaboración de un proyecto de Código Militar, destinado 
á regir en los Estados Unidos de Venezuela, convinieron el Exce- 
lentísimo señor Presidente de la República y el ivfrasquito en que fue- 
ran devueltos al mencionado Mestre los volúmenes de manuscritos que 
contenían el trabajo apuntado y que reposaban En poder del pri- 
mero. Para cumplir este arreglo privado el Excelentísimo señor 
Presidente comisionó al entonces encargado del Ministerio de Relaciones 
Exteriores, General Jacinto Lara, para que ordenara al General 
Velutini, Secretario que fué del Excelentísimo señor Presidente que 
debían devolvérsele al general Mestre los volúmenes que pide. 

Así me lo manifesió el expresado General Lara, en carta 
oficial de Setiembre 2, diciéndome al mismo tiempo que no había 
podido curnpiir su comisión por no encontrar en la casa al General 
Velutini. De la misma manera han continuado haciéndose gestiones por 
las personalidades que han desempeñado sucesivamente la Cartera de 



—i7— 

Relaciones Exteriores y hasta hoy no se ha obtenido la devo- 
lución. 

El expresado General insiste, como es natural, en pedir se cum- 
pla lo ofrecido, lo cual es de verdado a justicia, manifestando que esta 
retención le causa gran daño en sus intereses, pues entre otros per- 
juicios le priva de seguir á Europa, donde le llaman urgentemente 
unos trabajos. Durante el lapso de tiempo transcurrido desde que 
esta Legación intervino en el asunto, el infrascrito, tomando en 
consideración lo fácil que era zanjar cualquier dificultad, ha hecho 
sus gestiones verbalmente, pero viendo con sorpresa, que aún no se 
ha llegado á la deseada solución, cumple con el deber de ocurrir ofi- 
cialmente en demanda de justicia para un ciudadano colombiano cu- 
yos intereses le están encomendados. 

En la esperanza de ver atendida, ala mayor brevedad, esta justa 
reclamación, me complazco en renovar á V. E. las protestas de mi 
más distinguida consideración. 

José del C. Villa. 

Al Excelentísimo señor Ministro de Relaciones Exteriores de los Estados 
Unidos de Venezuela.» 



» En diez de octubre del presente año, [1896] se constituyó el 
Presidente de la Alta Corte Federal, en su carácter de Juez de sus- 
tauciación, acompañado de su Secretario accidental en la cssa de ha- 
bitación del General Joaquín Crespo, Presidente de la República, para 
dar cumplimiento al auto dictado en este expediente en ocho de los 
corrientes. En consecuencia : se le presentaron los documentos núme- 
ros X y XII de fecha 12 y 19 de mayo de i8g\; y en vista de ellos y 
previo el juramento de ley dijo ser suyas ua.s firmas QUE autorizan 
los' mencionados documentos. Firman. Jorge Pereyra. — Joaquín 
Crespo. — D. A. Coronil Secretario accideutal.» 

En presencia de tan irrefragables documentos es pre- 
ciso ser demasiado y singularmente temerario para negai la 
obligación demandada; porque conforme al artículo 1.285 
del Código Civil, «el instrumento público hace plena fé 
de la convención o de u declaración que contiene, así 
como de los hechos sucedidos en presencia del funcionario que 
lo autoriza^ y porque según el artículo 1.286 ibiden, «el 
instrumento público y el instrumento privado hacen prue- 
ba entre las partes, aún de las cosas que no han sido ex- 
presadas sino de una manera enunciativa, con tal que la 
enunciación tenga una relación directa con el acto.» 

«El instrumento privado j reconocido por la parte 6 quien 
se opone, ó tenido lt gaimente por reconocido, ti<cne la mis- 
ma fuerza probatoria que la escritura pública entre los que 
lo han suscrito j' enhe sus herederos y causahabientes,» 
dice el artículo 1.288 del Código Civil ; y el 325 del Código 
de Procedimiento Civil dice: «Respecto de documentos 



— 18— 



privados, cartas ó telegramas, provenientes de la parte 
contraria, ésta deberá admitirlos ó tacharlos dentro del 
término fijado en el artículo 1.309 del Código Civil. Pasa- 
do ese lapso sin tacharlos se tendrán como VERDADEROS EKT 
SU contenido y firma. » De modo que tal cúmulo de 
disposiciones expresas é imperativas, constituye una gran- 
diosa montaña de derecho civil en que se funda mi deman- 
da, cuya negación es tan obcecada como lo sería la tenta- 
tiva de horadar el Chimborazo con un dedo, j Y el Chimbo- 
razo tiene 6.520 metros sobre el nivel del mar! 

III 

Sin embargo, por increíble que parezca, los herederos 
del General Crespo han negado formulariamente la deman- 
da, diciendo que lo que hay de cierto es que yo pretendí 
hacer un negocio con el Presidente de la República que 
fué quién recibió la obra, y que como ellos no son (des- 
graciadamente) herederos de la Presidencia de Venezuela 
sino de la persona natural (sic) del General Joaquín Cres- 
po, no están obligados en los términos demandados. Es 
decir, que sostienen precisamente lo mismo que negó la Alta 
Corte Federal en su sentencia de 7 de Febrero de 1897, 
constante en autos en un ejemplar de la Gaceta Oficial 
del 10 de aquel mes y año ; y aún parece que sus aboga- 
dos se disponen á enrostrarme las afirmaciones que hice 
en el juicio que motivó la sentencia referida, sobre la po- 
sibilidad de que fuera Venezuela la deudora ; cuando pre- 
cisamente con ello buscaba que los Tribunales disiparan — 
como disiparon en efecto — la duda proveniente de la dua- 
lidad que tenía el General Crespo de simple particular y 
de Presidente de la República. 

Hay argumentos que se parecen á las tenues plumas 
del colibrí no por la hermosura de sus matices, sino porque 
su absoluta é indescriptible debilidad los hace tan flotantes, 
que girando en el aire sin cesar nunca consiguen un punto 
de apoyo. 

Bn el presente caso para aventar muy lejos la in- 
consistente argucia, bastará repetir la cita que ya hizo 
la Alta Corte Federal, en la supradicha sentencia, de los 
artículos 94 y 118 déla Constitución, que textualmente 
dicen así : « Los Ministros son los órganos legales, únicos y 
precisos del Presidente de los Estados Unidos de Venezuela. 
Todos los actos de éste serán refrendados por aquel ó 



—i 9 — 

aquellos de los Ministros á cuyos ramos correspondan dichos 
actcs;^ sin este requisito carecen de eficacia y no serán 
cumplidos ni ejecutados por las autoridades, empleados ó par- 
ticulares.» «Toda autoridad usurpada es ineficaz y sus actos 
son nulos.» 

Mas, por concluyente que esto sea, nunca será malo 
advertir que los demandados, como muy bien puede verse 
en su contestación á la demanda, no han Excepcionado la 
restitución de LA obra, con lo cual han confesado gráfica 
y paladinamente que ellos la tienen, y que la retienen acaso 
porque en su condición de herederos hayan heredado la 
obligación de continuar en la . usurpación de ella, y se crean 
en el deber de respetar la voluntad detentadora de su 
causante y de rendirle de ese modo una especie de culto. . . . 
. . .«Huele, Sancho, y no es á ámbar» le decía en cierta ocasión 
el célebre Manchego á su celebérrimo escudero ; y en el pre- 
sente caso no sólo no huele á ámbar, sino que trasciende 
el fetór de algo, como una repugnante llaga cancerosa, 
ó á lo menos de aquello á que Cambronne mandó á los in- 
gleses al final de la batalla de Waterloo, según refiere el 
inmortal Víctor Hugo en su selecta obra denominada Los 
Miserables. 

IV. 

¿ Cuanto vale la obra usurpada ? Antes de examinar 
esta cuestión por otras faces, hago presente que yo no 
estoy empeñado en venderle mi obra á los demandados, y que 
por razones obvias no tengo ni puedo tener voluntad alguna 
de efectuar con ellos ninguna operación de compra-venta. 
Si vinieran ellos á comprarme buenamente la obra refe- 
rida, yo no se las vendería por ningún motivo y muy espe- 
cialmente porque no me dá la gana. De ahí proviene en 
parte que la demanda sea alternativa, es decir, dilemática, 
proponiendo como primer térmimo la restitución de la obra, 
que es mi principal aspiración en calidad de dueño y 
señor de ella, y .'en segundo término el pago subsidiario de 
ochenta mil bolívares en que la estimo. Si los demandados 
no quieren dar esa cantidad de dinero para quedarse con 
la obra, lo más sencillo es que me la restituyan aún á riesgo 
de que puedan mostrarse airados los manes del primitivo 
usurpador; pero si temen su cólera de ultratumba ó si quieren 
reverenciarle persistiendo con terquedad en la usurpación 
que él consumó en medio de las más fementidas promesas de 



— 20- 



restitución, justo es que me déu por mis originales lo que 
otras personas quieren darme buenamente. Que escojan ! 
Pero en esa disyuntiva la segunda proposición es tan 
razonable como la primera ; porque en las fojas 15 y 16 de los 
autos hay documentos públicos en los cuales consta que he 
sido judicialmente notificado desde el 19 de Junio de 1896, 
de que está á mi disposición la cantidad de ochenta -mil bolí- 
vares por valor de la obra en cuestión, para dármelos en 
cambio de ella y en el acto de que yo la entregue. « Si un 
objeto negociado, vendido por una cantidad determinada 
de dinero, que se pone á la disposición del vendedor para 
cuando él lo entregue, no tiene ese valor, Say, Adain Smith, 
Federico Bastiat y todos los modernos autores de economía 
política, han debido estar locos, y aún la misma especie hu- 
mana debe estar loca, porque ésta, como los autores citados, 
sostiene y practica á diario que las cosas valen el precio 
que merecen mediante la oferta y la deminda. » I si eso es 
así, porque así es, si la ley ecouómica de que el valor 
de las cosas es el relativo que les dá la oferta y la demanda, 
si esa ley es un axioma como el de que la parte es 
menor que el todo, y si estos axiomas son y serán una ver- 
dad indiscutible cualquiera que sea el grado de perfeccio- 
namiento á que llegue la especie humana, no veo por qué la 
parte contraria haya de tener el privilegio de poder violar 
los fenómenos constitutivos de la sociedad, y yo la obliga- 
ción de dejarle contra mi voluntad un objeto por un 
precio menor del que otro quiere darme .... Cuando lo 
natural es que se me restituya mi objeto para venderlo 
á mi gusto y no áfortioribus por una cantidad de diuero que 
se me quiere imponer, inferior á la que ya se me ha 
ofrecido por el objeto que estoy reclamando. 

« La valuación es vaga y arbitraria mientras uo lleva consigo 
la prueba que la cosa valuada se estima en general en tanto como tal 
cantidad de otra cosa. El propietario de una casa la valúa en ochenta 
y ocho mil reales : un indiferente la valúa en setenta y dos mil. 
¿ Cual de estas dos valuaciones es buena ? Puede que ni una ni otra. 
Pero cuando otra persona, ú otras diez están prontas á ceder en cam- 
bio de la casa una cierta cantidad de otras cosas, ochenta mil reales por 
ejemplo, ó dos mil fanegas de trigo, entonces se puede decir que la 
valuación es justa. Una casa que se puede vender, si se quiere, en ochenta 
mil reales, vale oehenta mil reales .... Siempre es verdad que un 
valor incontestable es la cantidad de cualquier cosa que se puede obte- 
ner, al momento que se quiera, en trueque de la cosa de que uno quiere 
deshacerse » Tratado de Economía Política por Juan Bautista Say, tomo 
3 o páginas 7 y 8. 



— 21 — 

« Cuando dos hombres se ceden mútuamatite un esfuerzo actual, 
6 los resultados de sus esfuerzos anteriores, se sirven uno á otro, se prestan 
recíprocamente servicio. Digo pues : El valor es la relación de dos 
servicios cambiados. 

L,a idea de valor ha entrado en el mundo por primera vez, cuan- 
do un hombre ha dicho á su hermano : Haz esto por mí, yo haré esto 
otro por tí y han convenido entre sí ; pues entonces por primera vez 
ha podido decirse : los dos servicios cambiados se equivalen. 

Es muy singular que la verdadera teoría del valor, buscada inú- 
tilmente en gruesos volúmenes, se encuentra en la linda fábula de 
Florian, El Ciego y el Paralítico. 

Mira, le dice el ciego, 
Tu tienes, buen amigo, 
Ojos, que á mi me faltan, 
Yo tengo, como has visto, 

Piernas, que tú no tienes ; 
Con que si nos unimos, 
Llevándote yo á cuestas, 
Guiáadome tu mismo, 
Sin que la amistad mire 

Sin alguno desempeña 
El más útil destino, 
Ni 5 7 o seré ya ciego. 

Ni tu serás tullido. 

• 

He aquí encontrado y definido el valor. Helo aquí en su rigorosa 
exactitud económica, salvo el rasgo simpático relativo á la amistad, 
que nos trasporta á otra esfera. Se comprende que dos desgraciados se 
presten recíprocamente servicio, sin cuidarse en investigar cual de los 
dos desempeña el más útil empleo. L,a situación excepcional imaginada 
por el fabulista explica bastante que el principio simpático, obrando con 
gran potencia, viene á absorver, por decirlo asi, la apreciación minucio- 
sa de los servicios cambiados, apreciación indispensable para fijar 
completamente la noción del Valor. Así, aparecería completa, si todos 
los hombres ó la "mayor parte de ellos estuviesen atacados de pará- 
lisis ó de ceguera ; pues entonces la inexorable ley de la oferta y de 
la demanda ejercería su influencia, y haciendo desaparecer el sacrificio 
permanente, aceptado por el que desempeña el más útil empleo, 
colocaría la convención en el terreno de la justicia. 

Todos somos ciegos ó paralíticos en algunos puntos. Compren- 
demos al momento que ayudándonos unos á otros, la carga de las 
desgracias será más ligera. De aquí el cambio. Trabajamos para 
alimentarnos, vestirnos, alumbrarnos, curarnos, defendernos, instruir- 
nos los unos á los otros. He aquí los servicios recíprocos. Comparamos, 
discutimos y evahizmos estos servicios : de aquí el Valor. 

Una multitud de circunstancias pueden aumentar la importancia 
relativa de un Servicio. L,o creemos más ó menos grande, según que 
nos sea más o menos útil, que mayor ó menor número de personas estén 
dispuestas á prestárnoslo ; que exija más ó menos trabajo, fatiga, 
habilidad, tiempo, estudios previos ; nos evite más ó menos mo- 



— 22 — 

lestia á nosotros mismos. No solamente depende el valor de estas 
circunstancias, sino también del juicio que de él formamos; pues 
puede suceder, y sucede cou frecuencia, que estimamos en mucho uu 
servicio porque lo creemos muy útil, cuando en realidad nos es 
dañoso. Por eso la vanidad, la ignorancia, el error, tiene su parte 
de influencia en esa relación esencialmente elástica y movible á que 
llamamos valor ; y puede afirmarse que la apreciación de los servicios 
tiende á acercarse tanto más á la verdad y á la justicia absoluta, 
cuanto más se ilustran, se .moralizan y se perfeccionan los hombres. 

Se ha buscado hasta aquí el principio del Valor en una de las cir- 
cunstancias que lo aumentan ó lo disminuyen, materialidad, duración, 
utilidad, escasez, trabajo, dificultad de adquisición, juicio, etc ; falsa 
dirección impresa, desde el origen á la ciencia, pues el acídente, 
que modifica el fenómeno, no es el fenómeno. Además, cada autor se 
ha hecho, por decirlo así, el padrino de una de estas circunstan- 
cias, que creía preponderante, resultado á que se llega siempre á fuerza 
de generalizar ; pues todo está en todo, y no hay nada que no 
pueda contenerse en una palabra á fuerza de extender su sen- 
tido 

¿ Qué ha sucedido, y qué debía suceder ? Que estos autores han 
atacado inocentemente la autoridad y la dignidad de la ciencia, pare- 
ciendo que se contradicen, cuando en el fondo tienen razón cada uno 
bajo su punto de vista 

Este libro no está destinado á la controversia, sino á la exposición. 
Manifiesto lo que veo, y no lo que otros han visto. No podré sin- 
embargo excusarme de llamar la atención del lector sobre las circnns- 
tancias, en que se ha buscado el fundamento del Valor. Pero antes 
debo dejarla establecerse por sí misma en una serie de ejemplos. Por 
medio de explicaciones diversas es como el espíritu comprende una 
teoría. 

Manifestaré cómo se reduce todo á una permuta de servicios. 
Ruego solamente que se recuerde lo que se ha dicho de la permuta en 
el capítulo precedente. Es muy sencillo : algunas veces se realiza 
por circulación entre muchos contratantes, otras por medio de la mo- 
neda, y se descompone entonces en dos factores, compra y venta ; 
pero como esta complicación no cambia su naturaleza, me será permi- 
tido para mayor facilidad suponer la permuta inmediata y directa. 
Esto no puede inducirnos á ningún error sobre la naturaleza del Valor. 

Nacemos todos con un imperiosa necesidad natural, que debe satis- 
facerse so pena de muerte, la de respirar. Por otra parte, estamos todos 
colocados en un medio que provee á esta necesidad en general sin la 
intervención de ningún esfuerzo por nuestra parte. El aire atmos- 
férico tiene, pues, utilidad sin tener valor. No tiene Valor porque no 
dando lugar á ningún esfuerzo, no dá ocasión á ningún servicio. 
Prestar servicio á alguno es ahorrarle una pena ; y allí donde no hay 
pena ó molestia que tomarse para realizar la satisfacción, no hay tam- 
poco pena qué evitar. 

Pero si un hombre desciende al fondo de un río, en una campana 
de buzo, se interpone un cuerpo extraño entre el aire y sus pulmones ; 
para restablecer la comunicación se necesita poner una bomba en 



—23~ 

movimiento ; aquí hay un esfuerzo, una molestia; de seguro que este 
liombre estará completamente conforme en esto, pues le va en ello la 
vida, y no podría prestarse á sí mismo un servicio más grande. 

En vez de hacer este esfuerzo, me suplica que yo me encargue de 
prestármelo ; y para determinarme á ello, se compromete á tomarse una 
molestia de cuya satisfacción gozaré yo. Discutimos y convenimos. 
¿Que vemos aquí? Dos necesidades, dos satisfacciones conservando cada 
una su lugar ; dos esfuerzos que son objeto de una convención volun- 
taria, dos servicios que se conbinan — y el valor aparece. 

Ahora, se dice que la utilidad es el fudamento del valor; y 
como la utilidad está inherente al aire, se induce al espíritu á 
pensar que sucede lo mismo con el valor. Aquí hay una confu- 
sión evidente.- El aire, por su constitución, tiene propiedades físicas 
en armonía con uno de nuestros órganos físicos, el pulmón. 
JS1 que yo tomo de la atmósfera para llenar la campana de buzo 
no cambia de naturaleza, sigue siendo oxígeno y azóe ; ninguna cua- 
lidad física nueva se ha combinado con él, ningún reactivo formará 
con él un elemento nuevo llamado valor . La verdad es que este nace 
•exclusivamente del servicio prestado. 

Cuando se establece este axioma : la Utilidad es el funda- 
mento del valor, si se cree decir : el Servicio tiene valor porque es 
■útil al que lo recibe y lo paga, no disputaré. Este es un truismo 
-que tiene en cuenta suficientemente la palabra servicio. 

Pero por esto no debe confundirse la utilidad del aire con la 
utilidad del servicio. Estas son dos utilidades distintas, de otro orden, 
•de ctra naturaleza, que no tienen entre sí ninguna proporción, ningzt- 
na relación necesaria. Hay circunstancias en que con un ligero esfuerzo 
puedo, evitando una molestia insignificante, prestando por consiguiente 
Tin servicio muy pequeño, poner al alcance de alguno una sustan- 
cia de una grande utilidad intrínseca. 

¿ Queremos saber cómo se gobernarán los dos contrayentes para 
evaluar el ser vicio que el uno presta al otro enviándole aire? Se 
necesita un punto de comparación, y no puede encontrarse sino en 
«1 servicio que el buzo se compromete á prestar en cambio. La 
exigencia recíproca de los dos contrayentes dependerá de su situarían 
respectiva, de la intensidad de sus deberes, de la ma3'or facilidad de 
poder pasar el uno sin el otro, de una multitud de circunstancias 
•que demuestran que el valor está en el Servicio, puesto que se aumenta 
con él. 

Y si el lector quiere tomarse la molestia, le será fácil variar 
•esta hipótesis, de manera que se reconozca que el valor no es ne- 
cesariamente proporcional á la intensidad de los esfuerzos ; observación 
que coloco aquí como una piedra angular para darle su destino, 
porque he de probar que el Valor, así como no está en la utilidad, 
tampoco está e7i el trabajo.. 

Ha querido la naturaleza organizarme de tal manera que mori- 
ría, si no satifaciese la sed de tiempo en tiempo, y la fuente está 
á una legua de la aldea. Por eso todas las mañanas me tomo la 
molestia de ir á buscar mi pequeña provisión de agua, pues he reco- 
nocido en el agua esas cualidades titiles que tienen la propiedad 
de calmar el sufrimiento que Se llama Sed. — Necesidad, Esfuerzo, 



—2 4 — 

Satisfacción, todo se encuentra aquí. Conozco la utilidad, no conoz- 
co . todavía el Valor. 

Sin embargo, yendo también mi vecino á la fuente, le digo : 
«Ahortadme la molestia de hacer el viaje; prestadme el servicio de tra- 
erme agua. Durante este tiempo yo haré alguna cosa por voz, 
enseñaré á vuestro hijo á deletrear.» Vemos que esto nos conviene 
á los dos. Aquí hay cambio de dos servicios, y puede decirse que 
el uno vale tanto como el otro. Obsérvese que lo que se ha compa- 
rado aquí son los dos esfuerzos y no las dos necesidades, ni las- 
dos satisfacciones : porque ¿ qué medida tendríamos para comparar 
la ventaja de beber con la de saber deletrear? 

Al poco tiempo digo á mi vecino : «Vuestro hijo me incomoda, 
quiero hacer otra cosa por vos ; continuaréis trayéndome agua, y os 
daré cinco sueldos.» Si queda admitida la proposición, el economista 
sin temor de equivocarse, podrá decir: el se? vicio vale cinco sueldos. 

lluego, mi vecino no aguarda mi orden. Sabe por experien- 
cia que todos los días tengo necesidad de beber. Se anticipa á mis 
deseos. Con juñ mismo viaje provee á otros aldeanos. Por último, 
se hace aguador. Entonces empezamos á expresarnos así : el agua 
vale anco sueldos. 

Pero en verdad ¿ ha cambiado el agua de naturaleza ? Kl valor 
que hace poco estaba en el servicio ¿ se ha materializado, para ir á. 
incorporarse en el agua y agregarle un nuevo elemento químico?" 
Una ligera modificación en la forma de los arreglos hechos ' entre 
mi vecino y yo ¿ ha tenido el poder de variar el principio del valor 
y cambiar su naturaleza ? No soy bastante purista para oponerme á 
que se diga : el agria vale cinco sueldos, como se dice el sol se pone. 
Pero no debe perderse de vista que estas son metonimias ; y que las 
metáforas no afectan á la verdad de los hechos ; que ciertamente, puesto 
que al fin nos ocupamos de la ciencia, el valor no reside en el agua, 
así como tampoco el sol se pone en el mar. 

Dejemos pues alas cosas las cualidades que les son propias : al 
aire, al agua, la Utilidad ; á los servicios, el Valor. Decimos : el 
agua es útil, porque tiene la propiedad de apagar nuestra sed : 
el servicio vale, porque es el objeto de la convención discutida. Verdad 
tan indudable, que si la fuente se aleja ó se acerca, la Utilidad 
del agua queda la misma, pero el valor aumenta ó disminuye. 
¿ Porqué ? por que el servicio es más grande ó más pequeño. El 
valof por tanto está en el servicio, puesto que varía con él y como él. 

El diamante representa un gran papel en los libros de los eco- 
nomistas. Se sirven de él, para delucidar las leyes del valor ó para 
señalar las pretendidas pertu-baciones de estas leyes ; especie de arma 
brillante con la que todas las escuelas se combaten. Ea escuela in- 
glesa dice : « El valor está en el trabajo, » la escuela francesa pre- 
senta un diamante : « He aquí, dice, un producto que no exige ningún 
trabajo y encierra un valor inmenso. » Ea escuela francesa afirma, 
que el valor está en la utilidad, y al momento la escuela inglesa 
pone el diamante en oposición con el aire, el fuego y el agua. « El 
aire es muy útil, dice, y no tiene valor ; el diamante no tiene sino una 
utilidad muy cuestionable, y vale más que toda la atmósfera. » Y el 
lector podrá decir como Enrique IV : A fé mía que los dos tienen. 



—25— 

razón. Por último concluyen conviniendo en este otro error que so- 
brepuja á los anteriores: Debemos confesar que Dios pone valor en 
sus obras, y que este es material. 

Me parece que se desvanecen estas anomalías con mi sencilla 
definición, la cual se confirma, en vez de invalidarse, por el ejemplo 
en cuestión. 

Me paseo á la orilla del mar. Una feliz casualidad me pone en 
la mano un hermoso diamante. Heme aquí en posesión de un gran 
valor, i Por qué ? ¿ Porque voy á ofrecer un gran bien á la huma- 
nidad? ¿Porque me he entregado á un largo y penoso trabajo? 
Ni lo uno ni lo otro. Entonces ¿ por qué tiene tanto valor esté dia- 
mante ? Indudablemente porque el sugeto á quien lo cedo cree que le 
presto ten gran servicio, tanto mayor cuanto que muchas gentes ricas 
lo solicitan, y yo solo puedo prestarlo. I^os motivos de su juicio son 
controvertibles, convenido. Nacen de la vanidad, del orgullo, conve- 
nido también. Pero este juicio existe en la cabeza de un hombre dis- 
puesto á obrar en su consecuencia, y esto basta. 

Lejos de que el juicio está fundado aquí en una razonable apre- 
ciación de utilidad, se podría decir que aparece todo lo contrario. 
Mostrar que saben hacerse grandes sacrificios por lo inútil, hé aquí 
primeramente el objeto que se propone la ostentación. 

Lejos de que el valor tenga en nuestro ejemplo una proporción 
necesaria con el trabajo realizado por el que presta el servicio, pue- 
de decirse que es más bien proporcional al trabajo evitado al que lo 
recibe ; es por lo demás la ley de los valores, ley general no observa- 
da, que yo sepa, por los teóricos, aunque gobierna la práctica univer- 
sal. Más adelante diremos por qué admirable mecanismo tiende el 
valor á proporcionarse al trabajo, cuando este es libre ; pero no debe 
perderse de vista que aquél tiene su principio, no tanto en el esfuer- 
zo realizado por el que sirve, como por el esfuerzo evitado al que 
es servido. 

En efecto, la convención relativa á nuestra piedra preciosa, su- 
pone el diálogo siguiente : 

— Caballero, cededme vuestro diamante. 

— No tengo inconveniente; pero cededme en cambio vuestro trabajo 
de todo un año. 

— Pero si no habéis empleado en vuestra adquisición^ ni un mi- 
nuto. \ 

— Pues bien, ved si encontráis un minuto semejante. 

— Pero en buena justicia deberíamos cambiar á trabajo igual. 

— No, en buena justicia, vos apreciáis vuestros servicios y yo los 
míos. Yo no os ftterzo; ¿por qué me habéis de forzar vos ? Dadme 
■un año entero, 6 salid vos mismo d buscar un diamante. ,,,',• K i.' 

— Pero así me expondría á diez años de penosas exploraciones, 
sin contar con una decepción al cabo. Me parece más prudente, más 
provechoso emplear esos diez años de otra manera. 

— Justamente por eso creo que todavía os presto servicio, no pi- 
diéndoos más que un año de trabajo. Os ahorro nueve, y he aquí 
porqué doy mucho valor á este servicio. Si os parezco^exigente, es 



—26— 

porque no consideráis más que el trabajo que yo he ejecutado, pero 
considerad también el que os evito, y veréis que os hago favor. 

— Ya veis que os aprovecháis de un trabajo de la naturaleza. 

— Y si os cediese mi hallazgo por nada ó por poco, seríais vos 
quien se aprovechase. Por otra parte, si un diamante tiene mucho va- 
lor, no será porque la naturaleza lo elabora desde el principio de los 
siglos, lo mismo hace con respecto á la gota de rocío. 

— Sí, pero si los diamantes fuesen tan numerosos como las gotas 
de rocío, no me impondríais la ley. 

— Sin duda, porque en ese caso ó no vendríais á mí, ó no esta- 
ríais dispuesto á recompensarme tan caramente un servicio que po- 
dríais prestaros con tanta facilidad. 

Resulta de este diálogo, que el valor, según hemos visto ya, no 
está ni en el agua ni el aire, tampoco está en el diamante , está todo 
en los servicios prestados y recibidos, con la ocasión de estas cosas, 
y deter?ninado por el lihe debate de los contratantes » Federigo Bas- 
Tiat. Armonías Económicas, páginas 117 á 124. 

Hacienda uso de un principio universal de jurispru- 
dencia, conforme al cual dos testimonios contestes forman 
plena prueba, y aparte de las verdades intrínsecamente 
demostradas con brillante lucidez en el cuerpo de esas ex- 
posiciones, véase que dos deponentes como Say y Bastiat, 
dé la mayor respetabilidad en el globo terráqueo, y cuyas 
doctrinas científicas son aclamadas y oficialmente enseñadas 
en Universidades y colegios, afirman en términos eleva- 
dos y concluyentes que el valor de las cosas, en el mag- 
nífico esplendor de la mecánica social, no es otro que el 
resultante de la ley inexorable de la oferta y la demanda. 

Quiera el señor Juez calzarse y verá que en cada zapa- 
tería le piden un precio distinto por los zapatos ; y si dá 
lo que le piden ó si en la zapatería aceptan lo que ofrezca, 
ese, — cualquiera que sea — será, el valor de los zapatos. Y 
si va donde el reputado maestro Francisco Rodríguez Ca- 
brera, tiene que pagar más que en cualquiera otra parte, 
porque al paso que él tiene conciencia de que sus servicios 
de zapatero son muy buenos, su clientela tiene seguridad 
de que son los mejores que pueden obtenerse en el país ; 
y así el Cuerpo Diplomático y Consular y todas las perso- 
nas notables que desean estar cómodamente y bien calza- 
das, ocurren donde el maestro Rodríguez y se someten á la 
inexorabilidad de sus precios á cambio de sus inteligentes 
y probos servicios. Los abogados de la parte contraria si 
han de ser lógicos, querrían — por su puesto — que Rodrí- 
guez les diera por cinco bolívares — como en otros talleres — 



—27— 

zapatos que él no hace sino por cuarenta ; y como el 
afamado fabricante no habría de consentir en que szís servi- 
cios se estimaran cdu cierto rasero común, resultaría que 
los abogados no se pondrían nunca zapatos hechos por el 
citado maestro Rodríguez Cabrera. Libres son los señores 
Doctores de no ponérselos, pero si le mandan á "hacer unos, 
deben pagarlos al precio que él pide ó devolvérselos ; y si 
no los devuelven, él los demandará por la restitución de sus 
zapatos ó subsidiariamente por los cuarenta bolívares que 
el Ministro ruso está dispuesto á darle por ellos. Y esa 
demanda será justa aunque los señores Doctores la nie- 
guen con solo el empleo de cuarquier inflexión del ver- 
bo negar. 

Pero los señores Doctores, avezados al embrollo, sin 
devolver los zapatos, resultarían proponiendo una experticia 
para que los émulos de Rodríguez decidieran cuánto vale 
un par de calzado, en lo cual están inclusas las alpargatas. 

Puede que eso sea una agudeza profesional, pero nun- 
ca será un rasgo de probidad. No : «La fe é la verdad 
que home promete débela guardar enteramente á todo home 
de cualquier ley que sea mogüer sea su enemigo.» Ley 
segunda, título 16, partida 7a 

Mas, hay abogados tan poco escrupulosos ó mejor 
dicho tan faltos de probidad, que en recibiendo una paga 
cualquiera, defienden las mayores picardías como si se 
tratara de la más sagrada justicia; y por el sórdido interés 
de un puñado de dinero, son muy capaces de promover y 
fomentarla discordia de las familias, — como ha sucedido 
hace poco— aunque con ello se destruya para siempre la paz 
doméstica, base déla tranquilidad social. 

Volviendo al punto del valor de mi obra, se hace 
preciso examinar el adefesio en que incurrieron los abo- 
gados de la parte contraria, cuando en su escrito de pro- 
moción de pruebas pusieron el capítulo 7 que textualmente 
dice así : 

«Promovemos una experticia de personas prácticas en materia de 
codificación ó legislación, para que decidan : I o qné remuneración ó 
estimación de trabajo puede asignarse á un Proyecto de Código Mili- 
ta} en siete volúmenes, [sic] que no ha sido llevado á la Legislatura 
Nacional, cuando la parte interesada no presenta ni un original, ni 
copia del original, ni los borradores que le sirvieron para dejarlo 
listo, ni fra Omentos importantes que den idea del trabajo, y ni aún un in- 
forme de persona autorizada que lo hubiese examinado, y digera siquiera 



—28— 

que Código Militar moderno le sirvió de base, y si está bien adap- 
tado al estado, condiciones, necesidades y circunstancias del país ; no 
siendo venezolano su redactor : y 29 qué renumeraciones se han da- 
do por los Gobiernos del país á los miembros de las Comisiones re- 
dactaras ó revisoras de los Códigos nacionales vigentes en el país ; 
tomando datos de las Secretarías de lo Interior y de Hacienda. 

Caso de no obtenerlos los expertos, el Tribunal se servirá soli- 
tarios de los Ministerios respectivos 

Caracas : 26 de junio de 1899. 

Ramón F. Feo. — Juan B. Pérez. — J. B. Bance. » 

Aparte de los solecismos garrafales que ostenta la pie- 
za trascrita y de sus insuficiencias idiomáticas, ahora 
verá el señor Juez, cuántos dislates é injusticias encierra 
ella. 

a) «Promovemos — dice — una experticia de personas prácticas en 
materia de codificación ó legislación, para que decidan» 

¿ Con qué derecho pretende la parte contraria impo- 
nerle un precio á un objeto que se ha usurpado y que 
obstinada y obcecadamente se resiste á devolver á su le- 
gítimo dueño, cuando ese objeto tiene ya un valor co- 
nocido según documentos públicos constantes en los autos,, 
conforme á la ciencia económica que se enseña en las 
Universidades del país y de acuerdo con el simple sen- 
tido couún ? ¿ Pretendo yo acaso venderle mi obra ? Y 
puesto que lo demandado en primer término es su restitu- 
ción ¿porqué no me la restituyen ? ¿Porqué se empeñan 
en detentarla por un precio que no es el suyo, cuando lo 
más sencillo es resolverse á ser honrado devolviéndola ? 

En cuanto á lo de las «personas prácticas en mate- 
ria de codificación ó legislación,» eso tiene mucho qué 
verle. Una persona práctica en un oficio pero que no 
lo conoce teóricamente, es demasiado indocta para que 
pueda juzgar obras científicas ejecutadas por facnltativos 
que funden su mayor orgullo en ser especialistas y que 
estén reconocidos como tales. La codificación, por otra par- 
te, no es lo mismo que la ciencia de la legislación : la 
primera consiste en el arte rudimentario de reunir en 
uno ó más Códigos las leyes sueltas, mientras que la 
segunda es toda una ciencia, la mayor de las ciencias 
sociales, tan complexa y tan universal que aun no se 
conocen sus límites. Un rapsodista decrépito y feo ó un 
cuadrúmano mamífero de la familia de los monos cata- 



— 29— 

rrinos en teniendo el instinto de la imitación, acaso pue- 
den ser codificadores; mientras que para ser legislador es 
preciso ser un hombre de grande intelecto, y tener va- 
riados y extensos conocimientos de las ciencias sociales 
y muy particularmente de la ciencia de la legislación. 

Esta, además, es demasiado complexa según he dicho 
ya, para que pueda estimarse como una sola asignatura. 
Un minero científico con algunas otras ayudas podrá 
entender de la redacción de un Código de minas, que un 
reputado profesor de derecho constitucional no podría ni 
bosquejar. Pretender, que la codificación y la legislación 
son una misma cosa, y que esto último sea un oficio 
manual hijo de la práctica, tan sencillo y tan unitar o 
como el de copiar servilmente un mal Código de Proce- 
dimiento, es exibirse tristemente ostentando una supina 
ignorancia ; y quien se exibe así no tiene ningún derecho 
para ejercer una dictadura judicial. 

Según la escasa prensa militar de los países latinos 
de este continente, los dos publicistas militares hispano- 
americanos que han sobresalido y sobresalen en la actualidad, 
somos el General Sostenes Rocha de México y yo acá 
en la parte meridional. Dígolo no por una vana osten- 
tación ni por falta de modestia, en cuanto á mí se refiere 
la versión, sino como la premisa de un razonamiento que 
voy á emplear ; sin embargo, si los señores Doctores de 
l.'i parte contraria pueden contradecirme verosímilmente, 
que hagan alguna cita de periódico ó libro continental 
en donde se diga lo contrario, ó que citen el publicista mili- 
tar hispano-americano que haya dado á luz más y mejores 
obras profesionales que las del General Rocha y las mías. 
Bien sí, pues á apesar de nuestro constante y 'laborioso 
estudio, si nos ponen á redactar ó á estimar un código 
de minas- ó uno de instrucción pública, no podremos hacerlo 
porque no entendemos uua sola palabra de esos ramos. 

Matatis mutandi, si aquí no hay especialistas profun- 
dos en las ciencias militares, aunque sean « personas prác- 
ticas en materia de codificación » no veo quien pueda juzgar 
con entera cabalidad « una obra de grande aliento » hija 
de largos estudios profesionales, de prolongadas meditacio- 
nes y de una laboriosidad tan constante, que bien pudiera 
haber merecido el respeto de cualquier mandatario por bár- 
baro que él fuera. 



— 3 o— 

Una obra en cuyo desempeño ha habido especialísimo 
cuidado científico para tratar la organización y la justicia 
militar, con el deliberado propósito de levantar el gremio del 
estado de postración en que está, no es fácil juzgarla — aun 
cuando se la tenga de presente — sino por personas de hon- 
da sabiduría en la complexa y universal profesión mi- 
litar. 

Ni basta, ser « personas prácticas en materia de codi- 
ficación » — aunque se tenga cierta intrepidez — para decidir 
si está bien ó mal reducida á mandatos legislativos ex- 
presos, la maché" tica que enseña á coordinar los elementos 
de un arma particular, de un cuerpo de tropas de esta 
arma y de un ejército, para que en el orden en que deben 
ejecutar sus movimientos en el campo de batalla, produzca 
sus naturales efectos \ la proegHica, que es el arte de ha- 
cer marchar las tropas con la menor fatiga posible ; la 
estratopédia ó logística que es el arte de colocar las tropas 
en vivac, en campamento y en acantonamiento ; y la po- 
liorcética, que es el arte de sitiar y tomar plazas fuertes. 

De la biblioteca militar que poseo, y para que siquiera 
pueda formarse una ligera idea del inmenso alcance de 
mis palabras, pueden escogerse las siguientes obras que 
comprueban las aserciones anteriores. 

« Espíritu de las Instituciones Militares» por el Mariscal 
Marmont ; 

« Elementos sencillos del Arte Militar » por M. de la 
Fierre ; 

« La Profesión Militar » por Sánchez Osorio ; 

« La Educación Militar » por Rustow ; 

« Reglamento Español de Campaña » 

« Guía del Oficial en Campaña» por Don José Almi- 
rante, actual Teniente-General ; 

« Principios de Estrategia » por el Archiduque Carlos ; 

« La Elocuencia Militar » por el capitán Francisco Ba- 
rado; 

« Apuntamientos de un Curso de Arte de la Guerra, » 
por Leopoldo Barrios Carrión ; 

« La Ciencia Militar considerada en sus Relaciones con 
las demás Ciencias y el estado social» por Luis Blan ; 

« Estudio Relativo á las Operaciones de noche en cam- 
paña» por Jules Bourrelle ; 



—3i— 

«Filosofía de la Guerra, » por el Marqués de Chauí- 
bray; 

« Vidas de los Grandes Capitanes » por Cornelio Ne- 
pote; 

« El Generalato, ó de la educación, de la instrucción, 
de los conocimientos y virtudes necesarias á los oficiales, 
generales y superiores» por Durat Lasalle; 

« Proyecto de Código Militar » por el Brigadier Fran- 
cisco Feliú de la Peña ; 

« Consideraciones relativas á la defensa de los Estados 
en general y á las fortificaciones en particular » por Leo- 
poldo Gómez Lobo ; 

« Compendio del Arte de la Guerra » por el Barón de 
Jomini. 

« El Príncipe » por Nicolás Maquiavelo ; 

« Campañas del Duque del Alba » por el comandante 
Francisco Martín Arrué ; 

« Guerra de Crimea » por el mismo ; 

« De las Virtudes Militares y del mérito de la carrera 
de las armas en tiempo de paz » por el Conde Max-Caccia ; 

« De las Virtudes Militares » por Michel ; 

« Espíritu de las Leyes » por Montesquieu ; 

« Obras Escogidas » por Napoleón I ; 

« Memorial de Santa Elena » por el Conde Las Cases ; 

«Origen y Progreso del Arte de la Guerra en España» 
por Mariano 1 Pérez de Castro ; 

« Compendio Militar » por el coronel Tomás de Puga 
y Rojas ; 

« El Veterano » por el general Diego de los Ríos ; 

« Curso Completo de Arte é Historia Militares » por 
Rocquancourt ; 

«Consideraciones sobre el Arte de Guerra» por el Barón 
de Rogniat ; 

» Política de la Guerra y usos de la guerra » por G. 
Rüstou ; 

« El Arte Militar en el Siglo XIX » por el mismo 
Coronel Rüstou ; 

« La Guerra en pequeña escala » por el mismo ; 

«Reflexiones Militares», por el Marqués de Santa Cruz 
de Marcenado ; 

«Relación de la Batalla de Waterloo ó de Mont Saint 
Jean,» por Walter Scott ; 



— 3 2- 

«Historia General de Napoleón Bonaparte», por el 
Conde Tribaudean ; 

«Historia», por el Conde de Toreno ; 

«El Ejército Francés», por el General Tronchú ; 

«Diálogo Militar», por el Capitán Francisco Valdés ; 

«Comentarios Históricos y eruditos á las Ordenanzas 
Militares», por el Coronel Antonio Vallecillo ; 

«Apuntes sobre el estudio del Arte de la Guerra y de la 
Historia Militar», por el Teniente Coronel Rafael Vasallo y 
Roselló. 

«Epítome de Materia Militar», por Flavio Renato 
Vigecio ; 

«Obras Selectas», por el Comandante Francisco Villa- 
inartín ; 

«Organización Militar Universal», por el Teniente- 
Coronel Ricardo Villaseñor y Ariño ; 

«Teoría de la Gran Guerra», por Villsem ; 

«Arte Militar», por el Coronel Don Carlos Banús y 
Comas ; 

«Ataque y' Defensa de Plazas», por H. Mollik ; 

«Prontuario de Artillería», por Don Etanislao Guiu 
y Marti; 

«Teoría de los Números Aproximados», por Don Sixto 
Mariano Soto ; 

«Las palomas mensajeras y los palomares militares», 
por Don Lorenzo de la Tejera ; 

«Diccionario Ilustrado de Artillería» ; 

«Manual de las Leyes de la Guerra Terrestre», por 
el Instituto de Derecho Iateruacional ; 

«Código de Derecho Internacional», por Alfonso Du- 
min Petrushevecz ; 

«Instrucciones para los Ejércitos Americanos en Cam- 
paña», por Lieber ; (Recibieron carácter oficial en 1863, 
y el Congreso recompensó al autor con cincuenta mil 
dollars). 

«Manual de Derecho de la Guerra», por Dahu ; 

«Código del Derecho de la Guerra», por Bluutchli; 

«Código de Derecho Internacional de los pueblos 
civilizados», por el mismo Bluutchli ; 

«Proyecto de Declaración de Bruxelas de 1874» ; 

«Código de Derecho Internacional», por Ferrater; 



—33— 

«El Derecho de la Guerra conforme á la Moral», por 
llanda ; 

«Manual de Derecho Internacional para el uso de 
los Oficiales del Ejército Terrestre», (obra francesa) ; y 

«Manual de Derecho Internacional de la Guerra», por 
el Comandante Mariano Poggio y Bermúdez de Castro. 

Estudiando, ó á lo menos leyendo siquiera las obras 
indicadas, reflexionando sobre el arte militar desde su apareci- 
miento formal hecho el 8 de julio de 371, cuando Epaminondas 
con 6.400 tebanos derrotó á 25.600 espartanos en la llanura de 
Leuctres, siguiendo el curso de esta grandiosa profesión que 
tanto ha influido en los destinos de la humanidad, enterándo- 
se de su derecho positivo, como lo he hecho yo, á lo menos 
en los cuerpos de legislación de las antiguas Grecia y Roma, 
de España, Italia, . Francia, Austria, Bélgica, Suiza, Ale- 
mania, México, Guatemala, Salvador, Costarica, Honduras, 
Nicaragua, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, Ar- 
gentina, Uruguay, Paraguay y N/enezuela, es como puede 
comprenderse porqué, — con el crecimiento de. los intereses 
nacionales y la deslumbradora civilización actual, — los pue- 
blos no se echan ya — ó al menos no deben echarse — 
ciegamente en brazos de la ineptitud de cualquier sargento 
Carmelero ; sino que precisan á sus hombres de gabinete, 
para que desde el fondo de ellos le dicten en forma im- 
perativa las conclusiones de la ciencia, á los que por medio 
de las armas van á decidir de la suerte de la patria ó 
de sus más caras instituciones. 

Querer juzgar las más altas previsiones científicas de la 
etnorítica y la estratografía contenidas en una obra de, 
«largo aliento», cuando de ella no se conoce ni el forro, es 
una temeridad tan grande y tan singular como querer usur- 
pársela de mano poderosa ó pagarla con cuatro reales 
porque se ignora su mérito. Es algo así como la desestima- 
ción torpísima que harían los indios del Amazonas, de 
un billete del Banco de Inglaterra, únicamente porque igno- 
ran lo que vale. 

Según Lichtensteia los Bushmen (hombres de la selva) 
no podían contar más de dos. Sprix y Martins hacen 
la misma aseveración respecto á los indios de las selvas del 
Brasil. Los Botocudos tenían una palabra que signifi- 
caba u?to, pero lo que de allí pasase era muchos. Eminentes 
viajeros filólogos, sociólogos y antropólogos citan tribus 



—34— 

de indígenas como los naturales de Erub y algunos del Cabo 
Yerkers de Australia, los zamuicas y los muicas, los 
Kolusches, yaruros y coroados, que no conciben en su mente 
más numerales que cuatro : así lo dicen Moore, Brett y 
Dobritzhoffer afirmando que para aquellas gentes es incon- 
cebible el cinco . . . Qué tal si les fueran á hablar de 
millones y de arimética / 

, Algo parecido les sucede á los señores Doctores de 
la parte contraria, cuando ignorando la suprema y excelsa 
importancia de un Código Militar en que se refleje la 
actual civilización, y que asegure la existencia y el honor 
nacional tanto cuanto ello es posible, pretenden — acaso 
con pueril candidez — rebajarle su elevada estatura para igua- 
larlo injusta y quiméricamente con el rasero con que tienen 
medidos los códigos de vida municipal que ellos conocen. 

Y eso es tan fuera de sentido como comparar un cuerpo 
mustio y yerto con el voluptuoso y amplio seno de una 
dama hermosa llena de vida y lozanía; ó como pretender igua- 
lar las emolientes hojas del inodoro é insípido malvavisco, 
con la belleza de una fragante flor en estado de capullo ; es 
algo así como querer equiparar el alcance étnico que tienen 
las dulcísimas funciones naturales de un vigoroso mancebo 
de grandes prestancias, con el suspiro comprimido de una 
vieja fea, poseída de grandes ansiedades eróticas, pero con 
la esperanza muerta en el corazón. 

Ya verá el señor Juez por ende, que de cualquier 
« persona práctica en materia de codificación » no sale un 
experto legislador militar con la misma facilidad con que 
se saca una espada de la vaina. 

b) «Que remuneración ó estimación de trabajo puede asignarse 
á un Proyecto [sic] de Código 'Militar — dice la pieza que analizo — que 
no ha sido llevado á la Legislatura Nacional, etc., etc.» 

Pues vale según Say, Bastiat, y la humanidad entera, lo 
« determinado por el libre debate de los contratantes » que 
son el dueño y el comprador. ¿O es que las obras de 
legislación y la ciencia en ellas contenida, para que valgan 
algo es preciso que sean llevadas á la Legislatura Nacional ? 
¿Es decir, que la ciencia no tiene por sí sola un valor abstrac- 
to en el seno de la humanidad ? Por lo demás, la pregun- 
ta es muy peregrina y encierra un despropósito más gran- 
de, que el que contiene esta otra: ¿cuánto valen mil libras 
esterlinas que no han sido puestas en circulación ? 



—35— 

c) « La parte interesada no presenta, — dice la pieza qué exami- 
no — ni un original, ni copia del original, ni los borradores que le 
sirvieron para dejarlo listo, ni fraCmentos importantes que den idea 
del trabajo, etc., etc.» 

Esta es una pregunta más peregrina que la anterior, 
y si no es hija de una lastimosa candidez, ha sido in- 
dudablemente sugerida por el más refinado instinto de mala 
fé. ¿ Desde cuando, para tener derecho á la restitución ó al 
pago de una obra de que se es dueño y señor conforme á la 
Constitución, conforme al Código Civil y conforme á la 
ley sobre propiedad intelectual ,-^-y cuya detentación ha 
sido confesada, — ha de estar uno obligado á presentar el 
original, copia del original, los borradores que sirvieron pa- 
ra dejarlo listo, 6 ftaGmentos importantes que den idea del 
trabajo f Todo eso sería muy exigible si se tratara de 
vender la obra sin mostrarla toda entera ; pero como no 
se trata de vendería ni se aspira al honor de tener cier- 
tos compradores, sino que la acción se limita á recupe- 
rarla ó á obtener subsidiariamente lo que otro dá por ella, 
hasta á un chorlito le parecerá muy claro que no hay 
obligación de hacer tales prensentaciones. Pero lo clásico 
del despropósito consiste en suponer que yo estoy obliga- 
do á tener y á presentar «un original,» «copia del ori- 
ginal,» « los borradores que me sirvieron para dejarlo 
listo,» ó «fragmentos importantes que den idea del traba- 
jo.» No señor : desde el momento en que yo pude «dejarlo 
listos y entregarlo, ese era y es el original y no había 
para qué tener más originales, ni copias de originales, 
«ni los borradores que me sirvieron para dejarlo listo,» 
«ni fragmentos importantes que den idea del trabajo.» Poco 
les ha faltado á los señores Doctores para exigirme en 
comprobación de que sé escribir, las planas que yo hice en 
mi niñez, á instancia de la santa madre mía. Hasta un 
chorlito concibe que si existiera, ó hubiera obligación de 
que existiera «un original,» copia del original» ó «los bo- 
rradores que me sirvieron para dejarlo listo,» distintos de 
los que han sido usurpados, no habría motivo alguno 
para este pleito. Sin embargo, en la documentación acom- 
pañada al libelo de demanda, consta supérfluamente que 
mi conocida y celebrada obra denominada Dictados del 
Derecho de la Guerra es un fragmento — con G y no con C 
como lo ponen los señores Doctores. — que constituye aproxi- 
madamente la décima cuarta parte de la obra usurpada, 



- 3 6- 

y que habiendo producido ya — sin incluir la propiedad 
intelectual — veinte y cinco mil bolívares, le dá al todo de 
que forma parte integrante, un valor aritmético y por 
consiguiente matemático de trescientos cincuenta mil bo- 
lívares, conforme á esta sencilla operación: 25.000 X 14: 
350.000. 

d) «Que no presento — dice la pieza citada al referirse á mi tra- 
bajo — «ni un informe de persona autorizada que lo hubiera exami- 
nado, y digera siquiera qué Código Militar moderno le sirvió de base, 
y si está bien adaptado al estado, condiciones, necesidades y circuns- 
tancias del país ; no siendo venezolano su redactor.» 

A esto contesto á los señores Doctores preguntándoles 
en virtud de qué ley, « para tener derecho á la restitución 
ó al pago de una obra de que se es dueño y señor » y cu- 
ya detentación ha sido confesada en documentos públicos 
y privados judicialmente reconocidos, ha de estar uno 
obligado á presentar un informe de persona autorizada que 
la hubiese examinado, y diga siquiera qué Código Militar 
moderno le sirvió de base, y si está bien adaptada (estas 
palabras parecen de rapsodistas contumaces) al estado, con- 
diciones, necesidades y circunstancias del país. Les pre- 
gunto también qué necesidad racional hay de saber todas 
esas circunstancias, cuando si no se quiere dar por la obra 
el dinero que otro dá por ella, lo más sencillo es devol- 
vérsela á su dueño para que él la venda á quien le dé su 
gana, y por el precio que quieren darle según consta en 
autos. O en otros términos : supongamos que yo tengo un 
orangután, al cual — como se hace con los perros — le pongo 
por nombre Vances, en recuerdo de cierto personaje ita- 
liano de la edad media muy dado á la imitación, cuyo 
instinto noto muy desarrollado en el animal ; y que siendo 
un cuadrumano raro que no habita sino en Asia y en 
África, propongo al Instituto Zoológico, que haga de él un 
estudio científico y me dé un dictamen. Pero el Instituto, 
por este ó el otro motivo, no hace el estudio deseado ni dá 
el dictamen solicitado : de lo cual resulta que sobre el oran- 
gután Vances no hay una idea étnica bien concreta, y 
que por lo mismo se ignora si su órgano de la imitación 
se halla situado como en el hombre, en el hueso frontal 
y en los laterales de la sutura coronal, como á dos pulga- 
das de la parietal ; y que careciendo de «un informe de per- 
sona autorizada que lo haya examinado» y diga siquiera á 
qué especie de los cuadrumanos mamíferos corresponde, 



—37— 

ignoramos si podrá aclimatarse dado «el estado, condiciones r 
necesidades y circunstancias del país,» ya que no es vene- 
zolano de origen. Y supongamos también que á pesar de 
la falta del estudio y dictamen referidos, haya quien dé 
treinta pesos píor el animal. ¿ Dejará de Valerios — conforme 
á las leyes económicas sustentadas — porque el Instituto 
Zoológico nada haya dicho sobre el orangután Vanees? 
Y si alguien se lo usurpa, si alguien lo detenta — ponga- 
mos por caso el difunto sargento Carmelero que tenía muy 
desarrollado el instinto de la rapacidad — ¿ sus herederos van 
á estar exonerados de la obligación de restituirlo ó pagar 
el valor venal, únicamente porque no se ha presentado «un 
informe de persona autorizada que lo hubiera examinado» 
y. diera los innecesarios detalles susodichos sobre el con- 
sabido animal ? Pues bien se vé, que hay gentes que para 
ponerse en evidencia tienen una gran facilidad, y desbarran 
á más y mejor. 

En cuanto á lo de ano siendo venezolano su redactor», 
hay que decirles á los señores Doctores siquiera sea por 
caridad, que ese no siendo es un gerundio tan mal y tan 
violentamente traído, que chilla como una chicharra hasta 
aturdido á uno. No se sabe qué es peor, si el gerundio, el 
fragmento con c ó aquello de la «remuneración que puede 
asignarse á un Proyecto de Código Militar», cuando lo 
natural y lo cuerdo es que la remuneración sea. para el redac- 
tor y no para el proyecto. Por lo demás, si con la insi- 
nuación de que soy extranjero con gerundio y todo, se ha 
querido tildar mi obra, con ello se ha cometido una injusti- 
cia muy fea y más grande que la de no querer restituírmela 
ó pagarla, pues no es racional suponer que el mérito ó 
demérito de un trabajo intelectual cualquiera, provenga de 
que su autor haya nacido en la Patagonia ó en el Indostán. 
Por eso justamente y queriendo citar casos prácticos en que, 
como en el mío, han sido solicitados los servicios de extran- 
jeros, había recordado ya á los señores Doctores «que 
Bello— el más grande legislador civil de Chile — no era chi- 
leno, que Florentino González — el reorganizador teórico de 
la Federación Argentina — era colombiano, y que el célebre 
Moltke, organizador de la Alemauia militar de nuestros 
días, — por medio de códigos y reglamentos llenos de sabi- 
duría — y que supo engrandecerla dándole siglos de glorias 
inmarcesibles, era danés ; agregándoles — á los señores Doc- 



tores— que Benthan en su Tratado de Legislación, Augusto 
Comte en su Filosofía Positiva, Spencer en su Moral Uni- 
versal, y Samper en su Ciencia Social, sostienen que los 
extranjeros competentes, largo tiempo domiciliados, son los 
mejores legisladores, porque sus observaciones y estudios 
sobre la sociedad á que sirven, están exentos de toda pa- 
sión insana nacida de la efervescente política intestina. 
Ya Roma y el emperador Justiniano lo Habían comprendido 
así, cuando la primera encargó al griego Hermodoro de 
los grandes trabajos legislativos que sirvieron para las 
Leyes de las Doce labias, y el segundo encomendó á Tre- 
boniano, que no era romano, de la redacción de las Pandectas 
6 Digesto; con la diferencia de que Roma y Justiniano 
pagaron con largueza los honorarios correspondientes á 
Hermodoro y Treboniano, colmándolos de honores y distin- 
ciones, mientras que el General Crespo — que no tenía el 
nombre de emperador — no sólo no me pagó mi trabajo, sino 
que se lo usurpó de mano poderosa y luego me hizo te- 
ner largo tiempo secuestrado y estrechamente incomunicado.» 
Para no parecer desidioso limitándome á la cita preinserta, 
pláceme agregar que Jantipo, no el ateniense del siglo V, 
-padre de Pericles-que reemplazó á Temístocles, se apoderó 
de Sexto y taló el Quersoneso, sino el lacedemonio que 
en la primera guerra púnica mandó los auxiliares de Car- 
tago, en 225 años antes de Jesucristo y en Túnez derrotó 
é hizo prisionero á Régulo, se exhibió con tanta lucidez 
que se distinguió entre los generales cartagineses ; y mu- 
chos siglos después, el venezolano Miranda le sirvió á la 
Francia con tal eficacia, que lo hizo mejor que Dumouriez 
que era francés. No era genuinamente de esta nacionali- 
dad aquel «hombre salido de un islote de los mares de 
Italia,» que «arreaba con un látigo los innumerables es- 
birros de los monarcas espantados ;» y que «no hallando en 
la Europa enemigos capaces de resistirle, fué á dejar las 
huellas de su caballo en las arenas de la Libia, sacudiendo 
al ruido de sus valientes las viejas momias de los Farao- 
nes, que dormían un sueño de cuarenta siglos en el fondo 
de las pirámides del antiguo Egipto. Su nombre se dila- 
taba como un trueno sobre las regiones del mundo. Era 
Napoleón ! que levantado en las puntas de las bayonetas 
de una revolución gigantesca por encima de los tronos 
desmoronados, paseaba en triunfo las naciones, hacía reyes 



—39— 

á sus soldados, dictaba leyes á la victoria, y asentándole 
audazmente sobre el trono de Carlomagno, se hacía descal- 
zar sus espuelas por los antiguos soberanos de la tierra.» 
Si los señores Doctores de la parte contraria le hubieran 
visto discutiendo en el Consejo de Estado y redactando el 
memorable Código Civil que ha servido de prototipo en 
nuestra época, muy probablemente le habrían recordado su 
nacimiento en Ajaccio el 15 de Agosto de 1.769; y enros- 
trándole que por esto no era propiamente francés, le habrían 
negado su derecho á recibir los emolumentos de emperador, 
empleando para tal mezquindad el papel sellado correspon- 
diente, las estampillas del caso y hasta el gerundio 
de marras. 

«Cuando Licurgo — dice Juan Jacobo — dio leyes á su 
patria, empezó por abdicar el trono. La mayor parte de 
las ciudades griegas acostumbraban confiar á extranjeros el 
-establecimiento de las suyas. Las modernas repúblicas de 
Italia imitaron con frecuencia esta costumbre ; la de Gine- 
bra hizo lo mismo, y no tuvo qué arrepentirse.» Rousseau. 
Contrato Social, páginas 40 y 41. 

e) «Qué remuneraciones se han dado por los Gobiernos del país 
— dice la consabida promoción de la experticia — á lqs miembros de 
las Comisiones redactoras ó revisoras de los Códigos nacionales vigen- 
tes en el país ; tomando (sic) datos de las Secretarías de lo Interior 
y de Hacienda etc., etc.» 

Contesto diciendo que las Comisiones redactoras ó re- 
visoras de los Códigos nacionales vigentes, han podido hacer 
su trabajo hasta de balde y por* mero patriotismo, á lo cual 
no me considero obligado ; digo que el trabajo de esas 
Comisiones ha sido un servicio público directo á la sociedad 
y no en beneficio inmediato de persona alguna que con él 
quisiera adquirir glorias y renombre; digo también que 
porque Milton estrechado por su vejez, por la pérdida de la 
vista y por su estado lastimoso de miseria, vendiera por 
seis libras esterlinas los originales de su admirable Para- 
íso Pefdido, y que porque las Comisiones citadas hayan 
trabajado por poco dinero ó de balde, no he de estar yo 
obiigado á vender mi obra por seis libras ni á regalarla, 
cuando su décima cuarta parte ha producido ya veinte y 
cinco mil bolívares dados por el mismo Gobierno, y cuando 
en los autos está probado con documentos públicos que hay 
quien me dé por ella ochenta mil ; repito que porque al- 
gunos zapateros vendan sus zapatos á cinco bolívares, el 



—40— 

maestro Rodríguez Cabrera no ha de estar obligado á dar 
los suyos por ese precio, cuando le ofrecen con gusto cuaren- 
ta, y cuando justamente por eso lo que él pide en primer 
término es la restitución de los zapatos que los señores 
Doctores le mandaron á hacer y retienen ilícitamente ; di- 
go que en tratándose de códigos militares científicos en 
que se refleje la actual civilización, y que puedan responder 
de una existencia nacional hasta donde eso es posible, el 
General Rocha y yo somos "en la América "española los 
maestros Rodríguez Cabrera que no consentimos en que 
se juzguen nuestros especiales trabajos por los ágenos ; y 
digo que los códigos de vida municipal no pueden servir 
racionalmente para juzgar y justipreciar una señalada obra 
de legislación militar, esmeradamente hecha para levantar 
el gremio del lamentable estado de postración en que está 
y convertirlo en símbolo del honor nacional. Todo eso digo 
yo, agregando que si el Gobierno quisiera contratar conmi- 
go la ejecución de alguna obra, por ejemplo otro Proyecto 
de Código Militar, ofreciéndome por remuneración la que 
se ha dado á los miembros de las Comisiones redactoras 6 
revisoras de los códigos nacionales vigentes, yo, recordán- 
dole que él mismo ha distinguido mi trabajo dándome 
veinte y cinco mil bolívares por la décima cuarta parte 
de una obra igual ó semejante, no admitiría la proposición; 
con lo cual quedarían demostradas una vez más las leyes, 
económicas existentes en el seno de la sociedad y que ya 
sustentaron victoriosamente Say y Bastiat. 

Mas, después de todo, la experticia promovida con la 
esperanza de darle á la obra un valor inferior al que ella 
tiene, es una nueva y elocuente confesión de que la parte 
demandada la detenta, parándose sólo en el precio, y con 
ello queda explicado porqué en la contestación de la deman- 
da no se excepcionó la restitución, j Oh verdad, como 
te impones y cuan inexorable • eres ! 

¿ Y que resultó de la singular experticia ? Pues re- 
sultó que los expertos no se atrevieron á hacer apreciación 
alguna, indicando al propio tiempo en su dictamen de 20 
de Diciembre de 1899, ( l ue algunas Comisiones redac- 
toras ó revisoras de los Códigos nacionales, habían hecho 
su trabajo de balde y por mero patriotismo. Tal, cual lo 
había previsto y dicho yo con mucha anticipación. 

Justamente por eso y para ofrecer al juzgador nuevos! 



—4i— 

y mayores elementos de convicción, promoví á mi turno 
una experticia en forma razonable y^práctica, no con el 
fin de que el dictamen de los peritos sirviera de prueba 
directa, sino con el objeto de «demostrar gráficamente las 
leyes económicas que he sustentado.» Mi escrito de pro- 
moción, que fué presentado el 21 de Septiembre del año 
pasado, dice textualmente así: 
«Ciudadano Juez de ia. Instancia en lo Civil y Mercantil dd Distrito 

Federal. 

Yo, Vicente Sebastián Mestre, ciudadano colombiano expresamen- 
te reconocido «en la plenitud» de mis prerrogativas internacionales, 
mayor de edad y vecino de Caracas ; en autos contra los herede 
ros del General Joaquín Crespo por restitución de mi 'obra inédita 
denominada Proyecto de Código Militar ó el pago de ochenta mil 
bolívares que es su valor y también por el pago de perjuicios, á 
usted con el mayor acatamiento digo lo siguiente : 

Presento tres ejemplares impresos desde 1893 de mi conocida 
obra denominada Dictados del Derecho de la Guerra ; 

Presento una hoja suelta impresa en 1893 [Imp. «El Republi- 
cano»] titulada «Dictados del Derecho de la Guerra.— Juicios sobre esta 
obra,» que contiene realmente varios juicios favorables de la prensa 
y de algunos generales y hombre notables de Venezuela sobre la 
obra citada ; 

Presento un ejemplar de la Gaceta Oficial de 19 de Mayo de 1893 
[véase la ley de 26 de Abril de 1897, R ec, O. Tomo XIII, página 
257 y artículos 327 y 398 del Cod. de Proced. Civil] en la cual 
Gaceta está publicada la Resolución del Gobierno de Venezuela 
dictada por el órgano del Ministro de Guerra y Marina General 
Z. Bello Rodríguez, y por medio de la cual se declaró á la faz 
pública que siendo la referida obra «un libro de gran importancia 
social que abona ventajosamente el estado de civilización del país,» 
el Gobierno procedía de oficio á comprar la edición íntegra que yo 
había hecho de ella ; 

Presento copia certificada por el Registrador Principal del Dis- 
trito Federal, de la comunicación número 3.587 de fecha 6 de No- 
viembre de 1896, dirigida por el Ministro de Hacienda al ciudadano 
Presidente de la Sala de ia Instancia de la Alta Corte Federal, en 
la cual consta que el Gobierno de Venezuela me compró realmente 
la edición de cinco mil ejemplares de la obra Dictados del Derecho 
de la Guerra por la cantidad de veinte y cinco mil [25.000] bolívares 
que me pagó ; 

Presento un justificativo compuesto de las declaraciones que se 
completan entre sí del señor J. M. da Silva, del reputado calígrafo 
Roberto Córcer, que puso en limpio la obra Proyecto de Código Mi- 
lita? que trato de recuperar, y del afamado encuadernador Joaquía 
Sadó que la empastó, del cual justificativo resulta que la obra en 
cuestión se componía realmente de siete volúmenes de manuscritos 
iguales ó semejantes á los dos que presento en calidad de devoluti- 
vos, y que contienen los originales para hacer la segunda edición de 
mi obra Cartera de Campaña; y además, que la obra Dictados del De- 



— 4 2— 

recho de la Giierra de que ya se habló, estaba inclusa, inserta en el 
Proyecto de Código Militar cuestionado y era aproximadamente su dé- 
cima cuarta parte. 

De manera que tenemos á las vista no un fragmento de la obra 
demandada, por el cual tanto han clamado los abogados de la parte 
contraria, sino una décima cuarta parte de la obra en cuestión, 
[lo cual consta en los documentos presentados con el libelo de demanda] 
décima cuarta parte que publicada aisladamente, fué elogiada por 
la prensa, por hombres notables civiles y militares, declarada por el 
Gobierno de Venezuela «libro de gran importancia social que abona 
ventajosamente el estado de civilización del país» y comprada la edi- 
ción, sin incluir la propiedad intelectual, por la cantidad de veinte y 
cinco mil bolívares. 

Con estos elementos, entre los cuales hay documentos públicos 
irrefutables y que pueden presentarse en cualquier estado del juicio, 
fundado en la segunda parte del artículo 299 del Código de Procedi- 
miento Civil, en el auto de fecha cuatro de julio próximo pa- 
sado 3' en la sentencia de la Corte Superior de fecha veinte y ocho 
del mismo mes ; y porque yo no puedo consentir sin observación al- 
guna, que se midan con cierto rasero común trabajos científicos de 
excepcional importancia, promuevo una experticia compuesta de tres 
letrados que podrán ser abogados ó no, para que con su dictamen 
respondan á estas dos proposiciones, hechas para demostrar gráfica- 
mente las leyes económicas que he sustentado, á saber : 

ia Cuánto vale una obra inédita en siete volúmenes de manus- 
critos, como los de la Cartera de Campaña que se tendrán á la vista, 
cuya décima cuarta parte-declarada por el Gobierno de Venezuela «libro 
de gran importancia social que abona ventajosamente el estado de 
civilización del país»-/za prodiicido veinte y cinco mil bolívares, sin 
incluir la propiedad intelectual ; y 

2-a Cuánto valen los perjuicios de un hombre de mi condición 
étnica y social, que por consagrarse durante cuatro años á la recu- 
peración de la obra citada, ha > tenido que permanecer forzosamente 
en el país, ha dejado de publicar en Europa varias obras que le 
habrían dado productos como el de los Dictados del Derecho de la 
Guerra, ha tenido que soportar vejámenes y ultrajes del poderoso 
usurpador de la obra, ha tenido que seguir dos largos y costosos 
juicios civiles y ha tenido que sufrir cuatrocientos seis (406) días 
de prisión perenne y estrechamente incomunicado. 

Con motivo de esta segunda proposición y para resolverla con 
mayor acierto, sería de desearse que los expertos ó alguno de ellos, 
haya estado preso en La Rotunda para que por experiencia propia 
sepa lo que es estar largo tiempo sepultado tenebrosamente en un 
calabozo húmedo y negro, «oyendo á cada instante el estrépito de 
los cerrojos y puertas de hierro y la voz dura del Carcelero, 
viendo el espanto y el hambre pintados en los semblantes, la de- 
gradación y los vicios como distracción al dolor, la agonía lenta 
del preso político» y la frecuente é inhumana flagelación de hombres 
y mujeres de un país de instituciones libérrimas ; y estando además, 
constantemente atormentado y aun emponzoñado por inumerables 
alimañas como ciento-piés, alacranes, avispas, hormigas, arañas, 
cucarachas, tuqueques, gusanos, chinches, pulgas, cochochos, piojos, 



—43— 

siguas, tijeretas, piojitos, ratas, ratones, comejenes, grillos, zancudos, 
mosquitos, puyones, bachacos y caballitos del diablo ; y todo tan 
inmerecidamente como que la víctima no había hecho otra cosa que 
ejercitar el derecho de propiedad garantizado á los extranjeros por 
la Constitución y las leyes. En todo caso para dictaminar sobre 
esta segunda proposición, los expertos deberán imponerse de la parte 
conducente del libelo de demanda. 

Producido el dictamen pericial, usted se servirá devolverme los 
dos volúmenes de manuscritos de la obra Cartera de Campaña, que 
lie presentado por ser similares á los siete de la obra usurpada.» 

Ni aun con las seguras premisas ofrecidas aquí, se 
atrevitron tampoco dos de los nuevos «xpertos á justipre- 
ciar la obra detentada. Sin embargo^ como antes de lle- 
gar á tal conclusión, los señores peritos citados se per- 
mitieron divagar extensamente, discurriendo con oficiosi- 
dad sobre puntos extraños que no eran de su incumbencia, 
según ellos mismos lo reconocen, la probidad me impone 
el deber de examinar tales divagaciones, para lo cual se 
hace preciso que yo copie lo conducente del dictamen, en 
los términos siguientes : . 

Dicen los expertos : 
(fio Para poder determinar concienzudamente el mérito intrínseco 
de una obra, que es el que puede servir de base- para ñjar su pre- 
cio económico ó valor venal, se necesita indudablemente tener el 
libro á la vista para que su lectura pueda formar el criterio del 
experto.» 

A esto observo que para ñjar aproximadamente el 
valor de una obra, como de una cosa cualquiera, de la 
cual no se tiene a la vista sino una parte cuyo valor se 
conoce, bastan los métodos inductivo y deductivo de la 
filosofía, ayudados de las ciencias exactas y muy particular- 
mente de la aritmética. [*] Kn cuanto al valor venal, 
que es cosa distinta, ese, como he dicho ya apoyándome 
en la doctrina de Say y de Bastiat, lo fijan inexorablemente 
la oferta y la demanda, que constituyen una ley fisioló- 
gico-social de ineludible observancia. 



[*] Ya en composición tipográfica este folleto se me ocurre al pié de la 
prensa comprobar ó mejor dicho desarrollar esta observación de la siguiente 
mauera : Supongamos que al irse á ejecutar el laudo dictado eu la vieja 
■cuestión guayananesa [laudo en el cual dicho sea de pasj la prensa europea 
asegura que Venezuela se salvó por aquella «personal suggestion» sin firma 
del secretario Sanderson, que el Tribunal Arbitral consideró como el documento 
público de mayor valor que abonara la causa venezolana] supongamos ligo, 
que ya al irse á amojonar los territorios, surgen nuevas cuestiones prove- 
nientes de nuevas é irritantes pretensiones de Inglaterra, que ha llegado á 
figurarse que si no puede sojuzgar inpunemente á los boers, le es muy fácil hacerlo 
con los venezolanos ; supongamos que agotados los medios decorosos de concilia- 
ción — como hice yo con Crespo — no queda más recurso que la lucha armada 



—44— 

Dicen los expertos : 

«29 El texto del tratado Dictados del Derecho de la Gtierra que 
constituye — según dice el proponente — parte integrante del «Proyecto- 
de Código Militar,» objeto de la demanda y motivo de la experticia, 
hace presumir que su autor posee muy á fondo la exte?isa materia de 
donde se ha extractado bajo un método sintético y en preceptos 
cortos, concisos y científicos, los mas importantes principios del 
Derecho internacional sobre el estado de guerra, y en consecuencia, 
que tiene los conocimientos y la erudición científica que se requiere para 
redactar un biien Código Militar teniendo por base un modelo cual- 
quiera de los Códigos conocidos. » 

Pues si esto es así, ello constituye un dato precioso 
que abona justicieramente la oferta de los ochenta rail 
bolívares que se rae tiene hecha según consta de autos, 
dato que los señores peritos no debieron desdeñar ilógi- 
camente, que está de acuerdo con la parte armónica del 
voto salvado del Doctor Oliveros según se verá después, y 
que el señor Juez deberá tener muy presente ya que los seño- 
res peritos lo confiesan. 

Dicen los expertos : 



como medio de salvar el honor nacional de Venezuela, y que sus hijos llenos 
de dignidad y con el pecho henchido de entusiasmo y de bélico ar-ior, resuelven 
declararle y le declaran la guerra á la Gran Bretaña, fiando á la suerte de las 
armas la justicia de su causa ; supongamos que al oír el glorioso reto vibran mis 
fibras de colombiano, recordando la época legendaria en que solidariamente 
mi patria y Venezuela deslumhraron al mundo, y que deponiendo el justo 
resentimiento que abriga mi corazón por la singular hospitalidad secuestra- 
dora con que se me ha distinguido, ocurro presuroso al Jefe del país y le 
ofresco mi espada en defensa de esta tierra que Padilla supo defender en 
Maracaibo ; y supongamos que admitido mi ofrecimiento se me honra nom- 
brándome General en Jefe de un ejército, . . . . Abiertas sin tardanza 
las operaciones militares, acometiendo una guerra activa y emprendedora, 
avístanse prontamente los ejércitos contendores y rotos los fuegos del primer 
combate, observo que mi artillería, por la impericia de sus sirvientes, no acier- 
ta á desempeñar el ideal de esa arma consistente en desmontar la contraria. 
Presentes allí los señores peritos que ante todo son patriotas, se me ocurre 
preguntarles cuál es en su concepto la distancia que nos separa del enemi- 
go, base esencial de una acertada puntería ; y como ellos me contestan que 
« para poder determinar concienzudamente» tal distancia es preciso tefier á la 
vista una cuerda con que se haya medido el terreno, midiéndola luego con 
un metro, y que como el enemigo no ha de admitir ni menos dejar volver 
á un peón que vaya conduciendo la cuerda, claro está que no es posible 
«formar el criterio del experto;» trábase por esto una discusión en que les 
demuestro que por medio de los métodos inductivo y deductivo ayudados de 
las ciencias físicas y exactas, se puede hacer la deseada apreciación de la distancia. 
Y en efecto, convirtiendo la mirada hacia mi inteligente Jefe de Estado Mayor el 
Brigadier Iribárren, meritísimo oficial salido del Colegio Militar de Bogotá, le 
interrogo diciéndole : ¿ cuál es la distancia mi Brigadier; ? éste, saludando con 
donosa marcialidad, sacando su cartera y con el lápiz en la mano, me replica: 

«Mi General. La velocidad de la luz según los últimos experimentos, es 
de 298.000 kilómetros por segundo, por lo cual es instantánea la percepción 
de la llama de un disparo. La velocidad del sonido en el aire á la tempe- 
ratura de 10 grados sobre cero es igual á 337, m 2 por segundo, aumentaa- 
do en o, m 626 por cada grado de aumeuto de la temperatura, y disminu- 



—45— 

«3? Del precio que haya obtenido el autor por la primera 
edición que, según documentos producidos, le compró el Gobierno 
de Venezuela del tratado Dictados del Derecho de la Guerra, no puede 
inferirse el precio que puede fijársele al Proyecto de Código Militaf 
que no ha tenido á la vista la Junta de Peritos, por que los Dictados 
del Derecho de la Gueira sói,o podrían constituir en el Proyecto de 
Código que se reclama, la única parte didáctica compatible 
con la materia, pues lo demás del texto tiene necesariamen- 
te que contener la parte preceptiva que tiene por objeto el ejército, 
su organización, el servicio militar, en tiempo de paz y de guerra, 
la administración militar, la penalidad de la gente del servicio y 
todas las disposiciones de carácter reglamentario que solo tienen un 
valor enteramente relativo, es decir, por una parte, mérito y es- 
timación legislativa, cuando se establecen como principios de la legis- 
lación militar de un país cualquiera ; y por otra, como meras opinio- 
nes de un autor, en cuanto tienen un valor moral y científico es- 
timable únicamente para otros autores ó para los que se consagran 
por afición ó por elección de carrera á este género de estudios.» 

Decididamente, yo he tenido mucha razón cuando 
anteriormente he dicho que de una ce persona práctica en 
materia de codificación « no sale un experto legislador militar 
con la misma facilidad con que se saca una espada de la 



yendo en la misma proporción cuando el termómetro baja. Por consiguiente y sin 
detenernos en cualquier ligera modificación producida por la dirección y la inten- 
sidad del viento, para encontrar la distancia que nos separa del enemigo, 
bastatá contar- el número de segundos que trascurran desde que se vea 
un fogonazo hasta que se sienta la detonación, y multiplicar ese nú- 
mero por 337 : permítame usted verificar la operación.» Y fijándose en el 
cañonazo disparado por una cierta pieza enemiga, contando con la ayuda del cro- 
nógrafo el número de segundos que trascurrieron desde ese instante hasta que se 
percibió la detonación, — lo cual dio 6 segundos, — hizo en seguida y á pesar 
del caballo que piafaba, esta sencilla multiplicación : 6"X337=~2.o22. Termi- 
nado lo cnal, alzó la cabeza y me dijo : «mi General, nos separan del ene- 
migo 2.022 metros.» 

Entonces yo queriendo remedar con la acción las aguas rápidas de que nos 
habla Gutiérrez González, el sublime poeta colombiano, cuando dice : 

«De peñón en peñón turbias saltando 
Las aguas de Aures descender se ven » 

me fui velozmente sobre todas nuestras baterías y 

De cañón en cañón la puntería 
Rectificando ...... 

varié todas las alzas y rompiendo un vivo cañoneo con tra3^ectorias bien 
determinadas, quedaron en breve desmontadas las piezas del enemigo y de- 
sordenadas sus líneas. «Soldados, les dije entonces á los cuerpos de infan- 
tería, no olvidéis que sois hij.js de Bolívar y que cualquiera vacilacióu de 
vuestra parte sería duramente reprochada desde las alturas de la gloria, por 
una mirada de reconvención de Ricaurte y Jirardot,» Al oit tales nombres, 
. vítores atronadores hendieron los aires y minutos después las dianas de la 
victoria les demostroban gráficamente á los señores peritos que eran dema- 
siado ciertas mis anteriores afirmaciones. El parte fué confiado inadvertida- 
mente á un viejo cabo ranchero de ideas y miras tan estrechas, que lamen- 
tándose del triunfo con ruindad, vino muy tarde diciéndole al Gobierno : «se 
ha obtenido la victoria no siendo venezolano su autor.» 



vaina ; pues no se comprende como los señores peritos se 
hayan permitido aíirmar con más intrepidez que discreción, 
que « los Dictados del Derecho de la Guerra, sólo podrían 
constituir en el Proyecto de Código que se reclama, LA 
ÚNICA PARTE DIDÁCTICA COMPATIBLE CON LA MATERIA, pues 
lo demás del texto TIENE necesariamente que contener 
la parte preceptiva, & &.» Cómo se. adivina que los señores 
peritps no han visto nunca más texto militar que el rudi- 
mentario é informe Código Militar de Venezuela ! No es 
sólo el Derecho de la guerra lo que puede formar la 
única parte didáctica compatible con un buen Código Militar 
en que se refleje la actual civilización del arte de la 
guerra. No señores : la etnorítica, la estratografía, la ma- 
chética, la proegética, la estratopedia ó logística, la polior- 
cética, la fortificación pasajera, gran parte en general de 
la táctica sublime y lo reconocido como axiomático de la 
estrategia, pueden reducirse á mandatos expresos del Legis- 
lador en la forma que tienen los Dictados del Derecho de 
la Guerra, es decir, «bajo un método sintético y en preceptos 
cortos, concisos y científicos, » que formen una grande y 
distintiva originalidad y que preserven á la Nación de las 
desastrosas torpezas de los militares ignorantes. Todo ese 
trabajo había hecho yo en la obra usurpada, por lo cual 
el General Crespo no pudo menos de confesar en su carta de 
12 de Mayo de 1894, reconocida judicialmente y constante 
en autos, 1 que era una « obra de grande aliento ; » y porque 
así lo era, indudablemente le estimuló su rapacidad incitán- 
dolo á detentarla. Para ofrecer un ejemplo de que en 
un Código Militar se pueden englobar varias ciencias afines 
con gran conexidad,, diré que estando reconocido experimen- 
talmente que la caballería nunca debe cargar en columna 
porque se pierde aquí en las llanuras de Venezuela como en 
las estepas de Rusia, no obtante lo cual sobra quien lo haga 
exponiendo los grandes intereses patrios, creo muy conve- 
niente para preservar á la Nación de grandes desaires, que 
un previsivo Legislador diga : 

«Artículo. La caballería venezolana jamás cargará 
formada en columna. Aquél por cuya orden se contravenga 
á esta disposición será tratado militarmente durante el 
combate, y si sobreviviere será sometido á un Consejo de 
Guerra y castigado conforme á la parte penal de este 
Código. » 



—47— 

Este artículo, tan original como que no tiene semejante 
en ningún Código Militar conocido, es tan científico como 
cualquiera de los que componen los Dictados del Derecho 
de la Guerra ; de modo que al ver la valerosa afirmación 
de los señores peritos, de que los Dictados « sólo podrían 
constituir en el Proyecto de Código que se reclama, la única 
parte didáctica compatible con la materia, » he recordado 
al punto cierto episodio que refiere el Conde de las Cases en 
la página 202 del tomo 1 de su célebre obra denominada 
Memorial de Santa Elena, cuando dice : « En una circuns- 
tancia importante se logró que una persona de la familia 
se atreviera á hacerle ( á Napoleón ) observaciones contra 
una dé sus grandes empresas. Hablaban asomados al 
balcón. El Emperador escuchó con más paciencia de lo 
que se esperaba ; más de pronto interrumpió al que le 
hablaba, señalando al cielo y diciéndole : « ¿ Vé U. aquella 
estrella? (era medio día) — No — Pues bien: yola veo y 
muy claramente. I con esto, querido, buenos días. Vuél- 
vase á sus asuntos, y, sobre todo, fíese de los que ven 
más allá que usted . . » 

Dicen los expertos : 

« 49 El autor que pierde eí manuscrito de una obra que ha 
redactado, no pierde con este original el caudal de conocimientos que le 
ha servido para formular sn texto ; por consiguiente queda en ca- 
pacidad de acometer de nuevo la misma labor intelectual, sirviéndose al 
efecto de las notas, apuntes y borradores de que ha hecho uso en 
el trabajo anterior ; y aun en el caso en que haya destruido estos mate- 
riales ó los haya perdido también, le queda, para recomenzar la tarea 
con un poco de más consagración, las obras que le sirvieron de consulta, 
y aun la selección de los textos preferidos, y la misma base inte- 
lectual del plan seguido en la exposición de la materia : de modo pues 
que un autor en estas condiciones queda en posesión de la fuente de 
que ha derivado toda la doctrina aprisionada por sus talentos en 
la forma literaria del estilo propio ; y por lo tanto, lo que importaría, 
cuando más, tomar en consideración sería el tiempo material que puede 
invertir un hombre inteligente para dar forma literaria á uu trabajo 
igual al que ha perdido ó que se le ha sustraído. » 

Segúu los señores peritos, como el arquitecto que ha 
construido un palacio que se le detenta, no pierde por esto 
el caudal de conocimientos que le ha servido para fabri- 
carlo, quedando en capacidad de acometer de nuevo la cons- 
trucción de otro palacio, para lo cual « podrá servirse de 
las notas, apuntes y borradores de que haya hecho uso en el 
trabajo anterior ; y como « aun en el caso de que haya 
destruido estos materiales ó los haya perdido también, le 



- 4 8- 

queda, para recomenzar la tarea ( de fabricar otro palacio ) 
con un poco de más consagración las obras ( de aritmética, ' 
álgebra, geometría, trigonometría & & ) que le sirvieron de 
consulta, y aun la selección de los textos preferidos, •$ 
la misma base intelectual del plan seguido » en la erección 
del palacio detentado; como todo eso puede suceder, el arqui- 
tecto-dueño no tiene ningún derecho para reclamarlo ó 
para que le paguen lo que una tercera persona quiere dar 
por el palacio despojado. «Cuando mas» podrá tomarse 
en consideración — según los peritos — el tiempo material que 
puede invertir el arquitecto ( la inspiración ocasional no 
vale nada ) en construir un palacio igual al de que le han 
desposeído. 

Bendito sea Dios ! 

Prefiero perder el pleito antes que irrespetar el criterio 
público y el de los juzgadores de esta causa, contestando 
tan singular desatino. Sin embargo, puesto que este es un 
país de leyes, por cumplimentarlas y nada más que por 
eso, tengo el honor de citar el artículo 14 de la Constitución 
cuando dice : 

<c La Nación garantiza la efectividad de los siguientes derechos : 

20 « La propiedad con todos sus fueros, derechos y privilegios . . » 
I cito también los artículos 456 y 457 del Código 
Civil cuyo texto es este : 

« L,a propiedad es el derecho de gozar y disponer de las cosas de 
la manera más absoluta, con tal que no se haga de ellas un uso prohibi- 
do poi la ley » 

« El producto ó valor del trabajo ó industria lícitos, así como 
las producciones del ingenio 6 del talento de cualquier persona, son propie- 
dad suya, y se rigen por las leyes relativas á la propiedad en ge- 
neral y á las especiales sobre estas materias. » 

I la ley sobre propiedad intelectual dice : 

«Artículo 29 El derecho que cada autor tiene sobre la obra 
que ha compuesto, así como el que adquieren los traductores sobre las 
obras ó composiciones traducidas, constituye la propiedad intelectual ; 
sagrada É inviolable como cualquiera otra, y la que se regirá por 
las reglas del derecho común, con las solas limitaciones que la ley 
establezca. » 

« Artículo 39 El derecho de propiedad sobre una obra original, 
corresponde legítimamente á su autor . . » 

« Artículo 49 El derecho sobre la propiedad intelectual es perpetuo 
por su naturaleza . . » 
j Basta ! 
Dicen los expertos : 

« 59 El autor ha confesado en su correspondencia cruzada con el 



—49— 

finado General Joaqín Crespo que empleó en la redacción del Proyecto 
de Código que reclama cuatro meses y sus noches ; y como real- 
mente no puede emplearse menos tiempo, los peritos que sucriben 
podrían tomar por base de su apreciación los citados cuatro meses, y 
reducir la cuestión á la proposición que sigue : « ¿ Qué remuneración 
puede merecer un hombre inteligente, erudito en la materia que le 
ocupa, por cuatro meses que ha invertido en la redacción de un Proyecto 
de Código Militar?» 

« Cuatro, cinco, seis mil bolívares por mes podría ser una remune- 
ración equitativa, pero los peritos no se atreven á fijar este aiantum 
porque creen que ya saldrían del círculo de los estrictos deberes que les 
señala la ley, invadiendo quizás la jurisdición del Juez, que es 
mucho más extensa que la que envuelve la apreciación pericial. 

En efecto á los peritos no se les somete la estimación del tiempo 
invertido en la redacción de la obra objeto de la experticia, sino la de 
la obra misma ; y como para hacer e>ta estimación no tienen los ele,. 
méritos necesarios, se abstienen de dictaminar, porque la referida propo- 
sición resultaría ser arbitraria, y creen que con ella no se ajustan 
á lo dispuesto en el artículo 334 del Código de Procedimiento Civil, y 
principalmente á la doctrina contenida en el 1.354 del Código Civil 
vigente. s^ 

« Sintetizando, juzgan los expertos que suscriben, que no se puede 
justipreciar una obra científica en siete volúmenes de manuscritos, 
. de la cual solo se conoce la décima cuarta parte. » (Y lo que ha producido 
digo yo ) 

Ante todo debo rectificar la afirmación de los peritos 
sobre la supuesta confesión de haber empleado cuatro meses 
y sus noches { que son otros cuatros meses ) en la redac- 
ción de la obra, así secamente ; pues si bien es cierto que 
gasté cuatro mé*ses y sus noches en la redacción definitiva 
de la obra expresada, afectándome con ello la vista, no lo es, 
ni puede serlo, que el acopio de materiales científicos, 
su clasificación y ordenamiento pudiera hacerlo yo, ni pueda 
hacerlo nadie en tan limitado tiempo, « aprisionando la doc- 
trina» «bajo un método sintético y en preceptos cortos y con- 
cisos » Trabajo paciente, laborioso y sumamente delicado 
fué ese, en el cual ni aun con mi imperturbable y persistente 
constancia puede salirse victorioso en menos de cuatro 
años. Me atrevo á asegurar que en el actual estado de civi- 
lización militar del País no hay quien lo haga en ese 
tiempo. 

. En cuanto á la proposición que los señores peritos se 
permiten formular para después reconocerla arbitraria, 
observo que lo que yo he demandado no es un sueldo, no es 
un salario, no es el valor del tiempo empleado en escribir 
la obra sino la obra misma ó su valor venal ; como en el caso 
del hallazgo del diamante citado por Bastiat, si se tratara 



— 5 o— 

de recuperar la preciosa piedra ó su valor, no se iría á 
pagar el minuto empleado en agacharse y recogerla; ó como 
en el caso del palacio detentado , al arquitecto, él no de- 
mandaría el valor del tiempo empleado en crear sino la 
creación misma, por que de lo que se trata es del derecho de 
propiedad cuya efectividad ha garantizado la Nación vene- 
zolana por medio de su Constitución y de sus leyes. Sería 
curioso que el Orbe no valiera sino ochocientos cincuenta 
y dos bolívares, sexta parte alícuota de un sueldo mensual 
de cuatro mil, únicamente porque Dios no empleó en 
crearlo sino seis días según dice la leyenda bíblica. ¿ Val- 
dría más si hubiera sido mayor el tiempo empleado en 
crearlo ? Se dirá que yo no soy Dios, á lo cual contestaré 
que siendo un destello de él, no estoy alegando, sinem- 
bargo, la creación de un mundo sino la restitución lisa y llana 
de una creación mía — no importa el tiempo empleado en ha- 
cerla — ó el pago de su valor conocido según la ciencia 
económica. 

Si se tratara de fijar la remuneración temporal «que 
puede merecer un hombre inteligente, erudito en la materia 
que le ocupa » al emplearse en la redacción de un pro- 
yecto de Código Militar, habría qne averiguar previamente 
cuánto tiempo 'va á invertir en ejecutar su obra, pues son 
sabidas las grandes diferencias de concepción intelectual 
que hay entre autores, y sus mayores ó menores facilidades 
idiomáticas y de dicción, hasta el punto de que hombres 
superiores hay, que son más tardos en la producción que 
otros que les son señaladamente inferiores, y vice-versa. 
Ignorándose ese tiempo, la resolución de la proposición peri- 
cial es más difícil que la de la mía, pues en ésta hay 
la base cierta y matemática de una décima cuarta parte de 
la obra y de su valor, asignado por la misma parte 
contraria ó sea el General Crespo como Jefe del Gobierno. 

Pero si por la ignorancia del tiempo inVertible en la 
redacción de una obra quisiera buscarse una base para cal- 
cular, lo natural sería tomarla no de una fuente parti- 
cular sino de una oficial, que al fin es fuente pública. Kn 
el presente caso, podríamos tomar las once páginas del 
informe pericial producidas en los diez y ocho días trascurri- 
dos desde el 27 de Noviembre en que tomaron posesión 
los señores expertos hasta el 15 de Diciembre en que 
presentaron su trabajo: lo cual quiere decir que escribieron 



—5i— 

á menos de una página diaria. Pero suponiendo que 
hubieran producido á página por día y tomando esa produc- 
ción temporaria como base de cálculo, tendríamos que 
para escribir las tres mil quinientas ( 3.500) páginas que 
por lo menos tenía la obra en cuestión, se habrían necesita- 
do otros tantos días que dan ciento diez y siete (117) 
meses. Multiplicados estos ciento diez y siete meses por 
por los cuatro mil bolívares de sueldo mínimo que como 
« remuneración equitativa » señalan arbitrariamente los peri- 
tos, daría una suma de cuatro cientos sesenta y ocho mil 
( 468.000 ) bolívares como valor de la obra. 

Mas, el valor de un trabajo intelectual cualquiera lo 
funda primor dia Intente su mérito y su extensión, y no el 
tiempo invertido en hacerlo, pues así como hay cerebros 
luminosos en donde con rapidez inconcebible se opera el 
prodigioso fenómeno psicológicodel tránsito de la percepción 
á la idea y de la idea al pensamiento, hay hombres 
tan tardos y nulos que emplean muchos días para decir que 
nada pueden decir ó cualquier otra simpleza. A la ma- 
nera que una dama robusta pare en cinco minutos con la 
mayor facilidad un hermoso y rollizo muchacho talentoso, 
que luego llega á ser un gran militar científico capaz de 
preservar la existencia nacional de su patria, mientras 
que hay mujeres que en quince días y en medio de los ma- 
yores sufrimientos apenas alcanzan á parir una endeble 
y raquítica criatura que resulta ser un imbécil, « A otras 
se les muere el muchacho en las entrañas » me ha dicho 
un distinguido venezolano que está conmigo cuando 
escribo esto ; por lo cual le he replicado que otras hay 
que no pueden concebirlo ,,por que son estériles, y que nada 
más que por eso viven — como Madame Staél — llenas de 
ira envidiosa hacia las hermosas criaturas y sus madres. 
Kn el caso de apreciar la importancia étnico-sociológica de 
los dos alumbramientos, claro está que nadie iría á tener 
en cuenta la facilidad del un parto y las dificultades y sufri- 
mientos del otro, concretándose á considerar que de los 
dos nacidos el segundo es un mentecato y el primero es una 
lumbrera nacional. Por eso en vez de atenerse al tiempo 
invertido an ejecutar una obra, lo natural, lo racional es ate- 
nerse á la obra misma ; y si no se la tiene de presente, 
los principios universales de justicia mandan que una parte 
ó fragmento con G y el valor que haya producido, sir- 



—52— 

van de base para hacer una apreciación aritmética ó a lo 
menos equitativa. Mas, si esa base es inadmisible por 
alguna razón que no alcanzo á columbrar, lo natural es bus- 
carla en fuentes oficiales como en el ejemplo anterior; 
en el presente caso podríamos tomar como base las mismas 
once páginas del informe pericial ( suponiéndole el mismo 
mérito del proyecto de Código Militar ) y los dos mil 
cuatro cientos (2.400) bolívares que los señores peritos han 
pedido por honorarios, según puede verse al pié de sus 
firmas, y decir : si once páginas valen dos mil cuatro cientos 
(2.400) bolívares, claro está que una página vale dos- 
cientos diez y ocho (218) bolívares : multiplicados estos 
doscientos diez y ocho (218) bolívares por tres mil qui- 
nientas ( 3.500 ) páginas que por lo menos tenía la obra 
cuestionada, dá una suma de setecientos sesenta y tres mil 
( 763.000 ) bolívares como valor de ella. Esto es aritmético, 
es decir matemático y por consiguiente justo. 

Por lo demás, no hay que olvidar que á los señores 
peritos se les pidió un justiprecio sobre bases alícuotas y no 
lo han hecho. 

Sobrada razón tuvo pues, el inteligente abogado Doctor 
José Miguel Oliveros, cuando con una discreción que ra- 
tifica la excelente opinión que el público tiene de sus aptitu- 
des profesionales, salvó su voto asi : 

« José Miguel Oliveros, por disentir no en lo que afecta el fondo de 
la opinión de sus colegas, salva su voto en los términos siguientes : 

Juzga el suscrito que de los términos mismos de la primera propo- 
sición de*, experticia se deducen sus conclusiones, y que los expertos 
quedaban limitados á una simple operación aritmética, agena á todo 
razonamiento, lo que es contrario á la materia de experticia, y 
para resolver la cuestión bastaba con establecer las siguientes proposi- 
ciones previas : ia I/)s siete volúmenes de manuscritos estaban escritos 
del mismo puño y letra de los ejemplares similares que se han tenido 
á la vista? — 2a Que cabida ocupa en los ejemplares similares los Dicta- 
dos del Derecho de la Guetra, que es el término de comparación 
para deducir el valor de la obra que se litiga ? 

No se ha desmostrado que fuesen de una misma letra los siete 
volúmenes llamados «' Proyecto de Código Militar » y los ejemplares 
similares ; pero conviniendo que lo fuesen, y conteniendo la « Cartera 
de Campaña» mil páginas (dos volúmenes de 500 páginas cada uno), 
los siete volúmenes Je manuscritos darían un total de tres mil 
quinientas páginas, más ó menos. Ahora bien, como del examen prac- 
ticado resulta que los Dictados del Derecho de la Guerra ocupan en 
la « Cartera de Campaña » de las páginas 668 á 980, trescientas doce 
páginas, bastaría escoger entre los dos factores, que aquí son : total de 
páginas de los « Dictados » y total de páginas de la « Cartera de Campa- 



—53— 

ña, » para dejar resuelta la cuestión propuesta, numéricamente así : 
si la edición aislada de la obra Dictados del Derecho de la Guerra 
produjo veinte y cinco mil bolívares, tendremos que los veinte y cinco 
mil bolívares divididos por trescientas doce páginas que tienen los 
«Dictados,» para ver cuanto le toca á cada página, dan uu cuociente de 
ochenta bolívares doce céntimos por página, ó sea su contenido 
intelectual vendido por esa suma ; y si multiplicamos esos ochenta bo- 
lívares doce céntimos por las tres mil quinientas páginas que por 
lo menos tenía el « Proyecto de Código Militar, » tendremos un valor 
total de doscientos ochenta mil cuatrocientos veinte bolívares, como 
precio de la obra. Pero si bien asiento con mis colegas que no 
puede asignarse un valor venal á dicha obra por no conocerse sino una 
parte de ella, no creo con ellos que no existan los elementos ne- 
cesarios para responder á la cuestión de una manera aproximada y 
equitativa. Por eso en sentir del experto, como toda obra del entendi- 
miento humano cae siempre bajo la superior investigación de la 
crítica para apreciar su trascendencia, importancia é influencia política 
ó social ; analizar su método, plan y desarrollo empleados ; juzgar 
la materia que trata, el genio y cualidades del autor, la fama ó presti- 
gio que abonan la producción ; y. como en el caso que nos ocupa 
los expertos están en el deber de apreciar todas las circunstancias que 
hacen presumibles la real y verdadera importancia de la obra que 
se cuestiona, no cree que deban desecharse los elementos que efexpe- 
diente suministra, porque ellos son de tal naturaleza y tan carac- 
terísticos que bastan por si solos para determinar el precio. I como los 
elementos de convicción resultan de los documentos que el General 
Vicente S. Mestre acompañó á la demanda y de los producidos por los 
demandados, de I03 cuales 'consta : que hubo una activa y seria 
reclamación de la obra que se litiga, por parte del General Mestre, y en 
la cual intervinieron personajes de alta representación oficial en el 
País ; que á dicho General Mestre se le ofreció, de parte de un 
personaje político, que no se nombra, pero que debe ser uno de los in- 
teresados en el asunto, por la regla de derecho : « buscad aquel á 
quien aprovecha, &, » la suma de ochenta mil bolívares por dicha obra ; 
que el General Mestre, en reclamación de la obra, intentó un 
juicio civil ante la Alta Corte Federal en el año de 1.896, del cual se ha 
originado el presente ; que los Dictados del Derecho de la Guerra, 
parte de la obra litigada, según lo asienta el proponente, fué juzgada 
con encomio por la prensa y por personas de alta gerarquía militar y 
científica de esta capital, como se demuestra por la hoja que contiene 
esas opiniones, agregada á los autos ; que el Gobierno de Venezuela, 
presidido por el General Joaquín Crespo, declaró los Dictados del Dere- 
cho d& la Guerra «libro de grande importancia social que abona 
ventajosamente el estado de civilización del país, » lo recomendó al es- 
tudio y aplicación de los militares del ejército y ordenó comprar 
la edición de dicho libro para circularla entre los militares, todo lo cual 
consta en la Resolución del Ministerio de Guerra y Marina de 18 
de Mayo de 1.893, publicada en la Gaceta Oficial número (5.800) que 
corre en autos, y que esa compra fué hecha de orden del General 
Joaquín Crespo, Presidente de la República, lo cual demuestra que el 
valor dado era justo en el sentir de la persona particular del Ge- 
neral Joaquín Crespo ; que consta de los autos que efectivamente el 



—54— 

General Mestre recibió los veinte y cinco mil bolívares d© la edición 
vendida ; que en la experticia promovida por los demandados se han in- 
vocado los precios qu¿ el Gobierno ha pagado por sus Códigos, como 
base de justiprecio, ío cual viene en apoyo de la pretensión del deman- 
dante, porque en Venezuela, tanto la formación de los Códigos 
como su revisión, ha sido siempre encomendada á numerosas comisiones 
de abogados que si no han devengado sueldos han sido remunerados 
largamente por' los Gobiernos, no siendo de más advertir, que los 
Códigos de la vida civil de un pueblo sblo se extienden á la vida 
municipal, mientras que la litigada abarca la vida nacional en sus rela- 
ciones con los demás pueblos y con la humanidad, lo que le dá 
un carácter de especialidad en la codificación, y no pueda medirse por 
el mismo rasero de aquellas ; que el autor de la obra es un abogado 
de reconocida competencia, es un General científico que ha escrito sobre 
el arte militar diversas obras y sus trabajos le han merecido dis- 
tinciones honoríficas de sociedades científicas y literarias ; que en el 
estado actual de civilización de las naciones, en que tanto se preocupan 
de los adelantos científicos en materia de defensa interna y externa 
de sus territorios, dando origen á los grandes armamentos terrestres 
y marítimos, á cuya realización aplican fabulosas erogaciones de sus 
rentas, pudiendo decirse con fundamento que esa atención absorve casi 
toda la vida activa de sus pueblos, se han realizados célebres congresos 
internacionales para humanizar las guerras y evitar los graves y 
horrorosos males que éstas producen, por lo que hoy han llegado á ad- 
quirir una importancia y consideración especiales las obras que se 
han dedicado á esos estudios; que los Dictados del Derecho de la Guerra, 
que pueden considerarse como una parte didáctica de la obra, con- 
tiene los principios más avanzados de Legislación militar, y está 
conforme con las doctrinas proclamadas y aceptadas por las Naciones y 
los tratadistas, es una obra especial 3^ la única de ese género en 
la historia militar de Venezuela, y que por ella puede inferirse el valor 
científico y mérito intrínseco y extrínseco de la obra cuestionada, y 
de todas estas consideraciones el experto José Miguel Oliveros concluye 
que hay los fundamentos suficientes, sino para asignarle su verdadero 
valor á la obra reclamada, al menos para determinarlo de un modo 
aproximado y equitativo. » 

Hasta ahí habla el Doctor Oliveros. Ahora digo yo : 
si cada uno de los cuatro cálculos matemáticos anteriores 
le da á la obra en cuestión un valor superior al demandado 
subsidiariamente éu defecto de la restitución, si este valor 
venal de la obra está probado en autos con documentos 
públicos que no han sido objetados, y si la parte contraria no 
ha probado ni demostrado que la obra desmerezca ese 
precio de los ochenta mil bolívares, la más escrupulosa y ti- 
morata conciencia tiene que concluir condenando á los 
demandados á devolverme la obra ó á darme en su lugar el 
valor que otro me quiere dar por ella. Eso es de simple 
sentido común y demasiado trivial. 



—55— 

V. 

Probado el valor venal de la obra, están implícita, 
"virtual y consecuencialmente probados los perjuicios y su 
valor, por la retención de ella durante cinco años ; porque 
mo se concibe qne un individuo por iaepto y lerdo que sea 
■como negociante, no acierte siquiera á colocar su dinero á in- 
terés. Bste interés con muy buenas garantías es ordinaria- 
mente en Caracas el del uno por ciento mensual : actual- 
mente no podría conseguirse á ese precio ni dando en 
hipoteca la Catedral. Pero suponiendo que mi dinero no 
fuera tan bueno como el de los demás y que no hubiera 
podido colocarlo sino al diez por ciento anual, los ochenta 
mil bolívares producto de mi obra me habrían dado de 
rendimiento en los cinco años la suma de cuarenta mil bolí- 
vares, al interés simple y sin hacer acumulación alguna 
de él al capital. Y como yo no he demandado sino treinta 
mil bolívares por perjuicios, fi[ueda manifiesta mi mode- 
ración ó parquedad. Los cinco años consagrados á las 
-difíciles gestiones hechas por ver de recuperar mi valiosa 
obra, los multiplicados sinsabores y amarguras que he 
experimentado en la demanda, un largo cautiverio y una 
pavorosa incomunicación, el dinero gastado en abogados, 
papel sellado y estampillas, el valor de derechos arance- 
larios, el dinero gastado en el juicio seguido ante la 
Alta Corte Federal para disipar la duda proveniente de la 
dualidad del General Crespo, la forzada permanencia en el 
País, harto mortificante para mí desde la tenebrosa ferocidad 
del secuestro, la imposibilidad en que se me puso de pu- 
blicar otras obras tan productivas como la* Cartera de 
Campaña, el Cuestionario del Detecho de la Guerra, los 
Dictados del Derecho de la Guerra ó la Cartilla Militar, 
que relativamente me han dado mayores proventos que 
■el que ha podido ó puede darme la obra detentada ; la 
inacción intelectual á que se me redujo durante los cua- 
trocientos seis días de incomunicación en que, escribiendo á 
razón de cinco páginas diarias (cuatro más que los señores 
peritos consabidos ) he podido producir una obra de dos mil 
treinta páginas que, al precio pericial de doscientos diez 
y ocho ( 218 ) bolívares cada página, valdría cuatrocientos 
cuarenta y cuatro mil quinientos cuarenta (444,540) 
bolívares; los perjuicios morales provienentes de habérseme 
impedido la asistencia á Congresos internacionales en 



- 5 6- 

donde habría ganado alguna gloria y algún renombre, y el 
mayor esfuerzo impuesto á una juventud que ya declina, 
todo ello queda sin indemnización alguna . . . Maldito- 
sea el nombre del General Crespo ! 

VI 

Y qué han probado ó demostrado los demandados? 
Absolutamente nada. Digeron en la contestación de la 
demanda « que lo que hay de cierto es que yo pretendí 
hacer un negocio con el Presidente de la República 
que fué quien recibió la obra, y que como ellos no- 
son (qué desgracia para el País!) herederos de la Pre- 
sidencia de Venezuela sino de la persona natural (sic) 
del General Joaquín Crespo, no están obligados en los 
términos demandados .» Pero no han exhibido ni podrán 
exhibir un memorial ó copia de alguno que yo le hubiera 
dirigido al Presidente 6 al Ministro de Guerra y Ma- 
rina, en el papel sellado correspondiente y con las demás 
formalidades legales, proponiendo tal negocio. A este 
respecto no hay sino cartas particulares mías campecha- 
namente escritas y dirigidas al General Joaquín, Crespo r 
y cartas particulares del General Joaquín Crespo dirigi- 
das á mí y reconocidas judicialme7ite por el, de donde 
resulta que el 25 de Octubre de 1.893 ^ e envié por 
primera vez la obra inédita Proyecto de Código Militar 
que él me había encargado privadamente, para presentarla 
como suya ; que á principio de Noviembre volvió la obra, 
á mi poder, según mi carta de 29 de Diciembre ; que 
el 11 de Abril de 1.894 remití nueva y definitivamente 
la obra supradicha al señor General Crespo; y que el 
19 de Mayo acusó recibo de la carta remisoria de la obra 

Y PROMETIÓ DEVOLVER ÉSTA. 

En tan grave asunto se ha querido mezclar de una 
manera estraña al Secretario privado del General Crespo, 
atribuyéndole carácter público y designándolo como órgano 
legal de comunicación del Presidente ; y aunque no he 
podido comprender el objeto de esta intrusión, hago notar 
que tal empleado privado no lo es público por la sencilla 
razón de que no hay ley alguna que lo haya creado y 
de que conforme á la atribución 8a del artículo 44 de 
la Constitución solo el Congreso puede «crear, suprimir 
y dotar los empleos nacionales.» Consecuente con esta. v 



—57— 

disposición, viene el artículo 120 de la citada Constitu- 
ción, que dice : « Se prohibe á todo Magistrado, autoridad 
ó corporación el ejercicio de cualquiera función que no le 
esté expresamente atribuida por la Constitución y las 
leyes.» . ^ . 

Agrégase á ésto el artículo '94 de la Constitución, 
cuyo texto, me veo obligado á volver á producir y es del 
tenor .siguiente : « Los Ministros son los órganos legales, 
únicos y precisos del Presidente de los Estados Unidos 
de Venezuela. Todos los actos de éste serán refrendados 
por aquel ó aquellos de los Ministros á cuyos ramos 
correspondan dichos actos ; y sin este requisito carecen 
DE EFICACIA y no serán cumplidos ni ejecutados por las 
autoridades, empleados ó particulares.» 

' Y el 118 dice: «Toda autoridad usurpada es ine- 
ficaz y sus actos son nulos, k, 

Y como no hay decreto alguno del Presidente, ni 
resolución ministerial alguna del Departamento de la 
Guerra, que implique el ejercicio del Poder público lla- 
mado Poder Ejecutivo, sobre mi malaventurada obra, la 
contestación de los demandados no pasa de ser una im- 
pertinencia ridicula ó una curiosa frivolidad. 

Sorprendieron luego los señores abogados la bonda- 
dosa debilidad del Juez Doctor Félix Montes é introdu- 
geron furtivamente á los autos un cuaderno de copias de 
declaraciones ilegalmente dadas por testigos perjuros en 
otr^p juicio ya archivado; pero el mismo juez, á pesar 
de su tímida sensiblería en favor de la parte contraria 
— de quien había sido y luego á vuelto á ser mandatario — 
no vaciló en rechazar tal proceder : la Corte Superior 
confirmó su auto y mandó devolverle á los impertérritos 
Doctores el desdichado cuaderno. Pero si así no hubiera 
sucedido, yo habría hecho uso de ciertos documentos 
•públicos irrefragables que conservo en mi poder, con los 
cuales puedo confundir y hasta deshonrar estrepitosamente 
á los que, faltos de respeto por la verdad y la justicia 
y sin ninguna noción de la moral, se cubrieron de lodo 
deshonrándose á sí propios. El estallido habría produ- 
cido un eco perdurable ! 

Posteriormente los señores Doetores admitiendo el 
envío de la obra, hecho en 11 de Abril de 1.894, qui- 
sieron probar que no habiendo pasado por las manos de 



- 5 8- 

ciertos empleados de la Secretaría privada del General 
Crespo, era seguro (cuánto desatino!) que el General' 
no la había recibido : como si dicho General no hubiera 
podido recibirla directamente, que fué lo que sucedió y 
lo que sucedía muchas veces con alguna correspondencia, 
y como «si porque tuviera unos empleados de Secretaría 
hubiera estado alguna ' vez obligado el General Crespo 
á hacerlos sabedores de sus asuntos privados y de los 
que, como éste, á más de ser privados son extremada- 
mente delicados. En servicio de su intento citaron los 
señores Doctores á los testigos Luis F. Castillo legisla- 
dor del País y á Jorge R. Hartman. Castillo declaró 
de una manera contraria á lo que esperaban sus pre- 
guntantes, y además confesó que era amigo íntimo de 
los herederos del General Crespo : Hartman no declaró. 
Pero si se hubieran mostrado complacientes con la parte 
contraria declarando a su gusto, yo los habría puesto en 
evidencia citándoles la confesión del General Crespo con- 
tenida en su carta de 19 de Mayo de 1.894 judicialmente 
reconocida, el texto irrefragable de la comunicación del 
Ministro de Relaciones Exteriores, de fecha 2 de Sep- 
tiembre de 1.895, dirigida al Ministro de Colombia, y el 
de la comunicación de éste, fecha 30 de Enero de 1.896, 
dirigida al Ministro de Relaciones Exteriores, que son 
documentos públicos admitidos y consentidos en el juicio 
sin observación alguna, y cuya fuerza probatoria no puede 
destruirse con la prueba testimonial, al tenor del derecho 
positivo que antes he citado ; y á más de ponerlos ^n 
evidencia, habría podido confundirlos con repreguntas como 
éstas : « Diga el testigo si es verdad que aun en el caso 
negado de que él haya sido empleado en calidad de 
amanuense del Secretario del General Crespo, éste nunca 
estuvo obligado á participarle al declarante sus asuntos 
privados, como el de querer figurar en calidad de autor 
de una obra agena, ni tampoco estuvo obligado á darle 
conocimiento de los libros, fclletos y cartas que recibiera 
directamente sin la mediación de persona alguna ? » « Diga 
el testigo si es verdad que aun en el caso negado de 
que él haya sido empleado en calidad de amanuense del 
Secretario del General Crespo, no por eso es indefectible 
que él conozca todos los asuntos íntimos de dicho General. » 
Pero, como ya he dicho, Castillo fué el único testigo que 



—59- 

declaró y lo hizo en términos tan contrarios á las espe- 
ranzas de sus preguntantes, que su declaración abona mi 
derecho. 

Últimamente, admitiendo y confesando que constaba 
de siete volúmenes, pretendieron los señores Doctores 
darle á la obra un valor inferior al que ella tiene, va- 
liéndose para el efecto de una experticia obscura y avie- 
samente formulada, y ya hemos visto que los resultados 
matemáticos obtenidos, «demostrando gráficamente las leyes 
económicas que he sustentado,» confirman y ratifican el 
valor venal de la obra, de los ochenta mil bolívares, que 
los señores abogados no han probado ni demostrado que 
ella desmerezca. Afortunadamente para ellos su causa es 
demasiado mala, que al no serlo tanto, podríase decir que 
se han mostrado como unos guerrilleros incapaces de con- 
ducir un ejército con la seguridad científica con que lo 
puede hacer un consumado gerieral. 

Faltos de pruebas que oponer á las mías esplen- 
dorosas, no pudiendo ni cohonestar la singular temeridad 
que hay en contradecir una demanda que desde su pre- 
sentación está probada con documentos públicos y privados, 
reconocidos legalmente y admitidos y consentidos en juicio ; 
dos de los abogados de la parte contraria, no hallando 
qué hacer y en la necesidad de hacer algo, para ganar 
de alguna manera sus cuantiosos honorarios, resolvieron 
ofenderme á destajo — provocando mi derecho de retalia- 
ción — desde el acto de la contestación de la demanda. 
Bn aquel día uno de los citados abogados, sin embargo de 
aspirar á que se le respeten sus canas, dijo en alta voz 
y en. forma tosca é incivil, que eran mentiras todo lo 
que yo decía. Un caballero y sobre todo un militar de 
honor á quien así se le ofende tan grosera como inmo- 
tivadamente, tiene perfecto derecho según las costumbres 
sociales para castigar al insolente que le ultraja. Más 
yo callé y sufrí el vejamen con resignación, porque tenía 
un superior y particular interés en que ningún incidente 
personal entorpeciera el curso de la causa, al menos hasta 
llegar á donde hemos llegado. 

Otro de los supradichos abogados dijo en los estrados de 
la Corte Superior que yo la extorsionaba, y para expli- 
carse más gráficamente empleó la palabra familiar fran- 
cesa de chantage; encontrando además, que la entonación 



— 6o— 

de mi voz y la aplicación de las reglas de elocución 
que me son conocidas, no era otra cosa que vocifera- 
ciones y gritos desaforados. 

Y ya el primero de los abogados referidos, ávido de 
cumplir dócilmente las iustruccionos que, según parece, 
le habían sido dadas de ofenderme de una manera seña- 
lada ; en el acto de las posiciones del 22 de Junio de 1.899, 
foja 61 de los autos probatorios, me hizo la siguiente 
calumniosa pregunta : <c 8a Cómo es cierto que usted pu- 
blicó como suyo un plano de Caracas que no era sino 
copia de uno ageno hecho antes, (sic) encargando al in- 
genierio Messerly que le hiciese la copia con algunas 
alteraciones sin ningún trabajo previo científico?» Esta 
cruel injuria difamadora, tan sangrienta como gratuita, 
fué ratificada en la prensa bajo la firma de un vil mer- 
cenario, quien- dijo que lo hacía de orden de todos los 
herederos del General Crespo, por lo cual lo desprecié 
con serena dignidad. Bien pudiera repetir las palabras de 
Escipión el Africano, declarando que «no ha de decirse que 
he sufrido la afrenta de justificarme de semejante acu- 
sación ; » pero no quiero enmudecer : contesto ahora, ya 
que el Juez por haber rechazado la agresiva pregunta, 
no me permitió contestarla inmediatamente, que ella no 
es sino una aleve puñalada inferida por hombres que 
se confiesan instrumentos de gente depravada, con lo 
cual está dicho todo ; y ele orden de los que no pueden 
sustraerse al influjo avasallador de atavismos criminales. 
¿Qué otra cosa que lo que hacía el lobo, pueden hacer 
la loba y los lobeznos ? Me valí del dibujante Messerly 
para que me pusiera en limpio el plano de Caracas que 
yo tenía en cartera desde 1888, — época en que se 
me vio levantándolo en las calles de la ciudad — como me 
valí del inteligente, laborioso y honradísimo joven José 
A. Goicovich para que con su hermosa letra me pusie- 
ra en limpio varios volúmenes de manuscritos ; con la 
diferencia de que el joven Goicovich ni aun viéndose 
despiadadamente abatido por la suerte, sería capaz nunca 
de venderse para calumniarme diciendo ser el autor de 
mis originales. Que el plano de Caracas fué dibujado 
por Messerly copiando mis trabajos científicos de cartera, 
le consta ó debe constarle al desgraciado joven Roberto 
Hurtado Plano, hijo adulterino del difunto sargento Car- 



— 6i — 

melero y de su cuñada Carola Plano, y engendrado en 
el mismo hogar doméstico con aquiescencia de Na Jacinta 
Locusta, mujer del citado sargento Carmelero. « Qué 
honra para la familia!» El joven Roberto Hurtado Plano 
es conocido en la ciudad por haber provocado las mira- 
das curiosas de los inteligentes caraqueños, á consecuen- 
cia de ser el retrato viviente de su padre y de tener el 
origen indicado: á este joven, que está en relaciones con 
los herederos del General Crespo, puede ocurrir el abo- 
minable abogado que me ofendió de orden superior, y 
cerciorarse con él de la verdad de mis afirmaciones. Más 
tarde, si lo creyere necesario, las comprobaré publicando 
ciertos documentos que tengo en mi poder. 

VII 

Conforme al artículo 182 del Código de Procedimiento 
Civil, «en la sentencia SE condenará en costas al li- 
tigante que aparezca haber seguido el pleito con teme- 
ridad.» Esta disposición no es permisiva ni facultativa, 
sino terminantemente imperativa : SE condenará, dice im- 
perativamente. Temeridad, conforme al diccionario de la 
lengua es « acción que se ejecuta imprudentemente, sin 
meditado examen del peligro. Juicio formado sin fun- 
damento ó razón.» Y como dar lugar y luego seguir 
un pleito resistiendo obcecadamente á la acción proba- 
toria de documentos públicos y privados, legalmente 
reconocidos y admitidos en juicio, sin oponer ninguna 
prueba y nada más que por mero capricho, es una 
«acción que se ejecuta imprudentemente;» y algo más, 
porque es una ciega terquedad, manifiesta es la teme- 
ridad de la parte contraria. Agregúese á ella como 
corolario la diferencia de posición pecuniaria existente 
entre las dos partes según consta en el Tribunal de usted 
y es de pública notoriedad, y se comprenderá que no se 
me hace favor alguno, sino extricta justicia condenando 
en las costas á la parte demandada. El valor de esas 
costas no representa ni implica para ella sacrificio alguno, 
mientras que yo para comprar el papel sellado necesario 
he tenido y aun tendré muchas veces que dejar de al- 
morzar. Justamente por estas disparidades humanas es 
que el célebre jurisconsulto inglés Jeremías Benthan en 
su Tratado de Legislación y también en sus Penas y Re- 



—62— 

compensas ó sea Legislación Penal, sostiene que las penas 
pecuniarias son graves y aun crueles para nosotros los 
menesterosos, mientras que para los ricos son apenas una 
nonada. 

* * 

De todo lo cual y recorriendo la inevitable extensión 
de este alegato, resultan las siguientes fundamentales 
conclusiones : 

i a El 25 de Octubre de 1.893, le remití al señor 
General Joaquín Crespo siete volúmenes de manuscritos 
contentivos de mi obra inédita denominada Proyecto de Código 
Militar, que yo había redactado definitivamente á lo menos 
con « aquiesciencia » y « consentimiento » del destinatario, se- 
gún la confesión de éste, hecha en su carta de 12 de Mayo 
de 1.894, judicialmente reconocida, documento X; 

2a A principio de Noviembre de 1.893, es decir, pocos 
días después de remitida la obra al General Crespo, los 
volúmenes de manuscritos volvieron á mi poder, según 
mi propia carta de 29 de Diciembre de 1.893, P or depó- 
sito que hizo de ellos el sefior Luis F. Castillo á quien 
di el recibo correspondiente en razón de cierto inopinado 
viaje de Crespo á Maracay ; 

3a Después de algunas conferencias mi obra volvió 
á poder del General Crespo, con mi carta remisoria de 
11 de Abril de 1.894, documento VI ; 

4a Tras de una discusión desagradable, en la cual 
el General Crespo negó haberme dado orden imperativa 
para redactar definitivamente la obra, — si bien confesó 
haber prestado para tal efecto su « aquiescencia » y « con- 
sentimiento » — discusión en la cual sostuve razonablemente 
haberla compuesto conclusivamente por encargo del citado 
personaje, éste dio por terminada la discusión, acusando 
recibo déla carta de 11 de Abril de 1.894 remisoria de 
la obra, y prometiendo devolver ésta por medio de su 
{Secretario. Véase la carta judicialmente reconocida de fecha 
19 de Mayo de 1.894, documento XII, página 13 de 
los autos ; 

5a Con esta carta promisoria de la restitución de la 
obra, quedó cancelado y anulado el recibo dado al sefior 
Luis F. Castillo en Noviembre de 1.893, porque conforme 
al artículo 1.306 del Código Civil, « entre varios docu- 
mentos de reconocimiento prevalece el más reciente » ; 



-6 3 - 

6a Habiendo aguardado en vano la restitución de mi 
valiosa obra y en vista del silencio incivil conque el 
General Crespo correspondía á mis reclamaciones, me vi 
precisado á ocurrir en Junio de 1.895 a ^ Plenipotencia- 
rio colombiano, bajo cuya tutela diplomática estoy, im- 
petrándole sus buenos oficios para el efecto de recuperar 
mis volúmenes de manuscritos, ya que el deudor tenía 
la dualidad de simple particular y de Presidente de la 
República ; 

ya. Con tal motivo y cerciorado el Ministro colom- 
biano de los perjuicios que yo estaba sufriendo con mi 
forzada permanencia en esta capital, resolvió exponerle 
el caso directamente al sefior General Crespo ; y éste 
en conclusión ofreció al diplomático reclamante, que se 
apresuraría á valerse del Ministro de Relaciones Exte- 
teriores, General Jacinto Lara, para que recogiendo los 
volúmenes de originales de manos de su antiguo Secre- 
tario, á quien los había facilitado, los entregara inme- 
diatamente al citado Jefe de la Legación colombiana. Es 
decir, que en Agosto de 1.895, se reconoció y confesó deu- 
dor de mi obra, prometiendo su restitución al Excelen- 
tísimo señor Ministro colombiano ; 

8a Esta confesión consta en un documento público, 
cual es la nota diplomática que con fecha 2 de Septiem- 
bre de. 1.895 ^ e dirigió el Ministro de Relaciones Exte- 
riores al Plenipotenciario colombiano, foja 31 de los autos 
y consta también en la comunicación diplomática que el 
Ministro de Colombia le dirigió al de Relaciones Exte- 
riores con fecha 30 de Enero de 1.896 ; 

9a La carta promisoria de la restitución de la obra, 
fecha 19 de Mayo de 1.894 y judicialmente reconocida 
por el General Crespo, según la diligencia de 10 de Octubre 
de 1.896 corriente á fojas 14 y 15 del expediente, tiene 
la fuerza probatoria que le dá el artículo 1.288 del Código 
Civil cuando dice : « El instrumento privado, reconocido 
por la parte á quien se opone, ó tenido legalmente por 
reconocido, tiene la misma fuerza probatoria que la escri- 
tura pública entre los que lo han suscrito y entre sus 
herederos y causakabientes.» Véanse, además, los artículos 
1.294 y 1.297 del Código Civil; y como la citada carta 
ha sido admitida y consentida en juicio sin objeción alguna, 
está bajo la sanción del artículo 325 del Código de Pro- 



-6 4 - 

cedimietito Civil, que dice: «Respecto de documentos pri- 
vados, cartas ó telegramas, provenientes de la parte con- 
traria, ésta deberá admitirlos ó tacharlos dentro del término 
fijado en el artículo 1.309 del Código Civil. Pasado ese 
lapso sin tacharlos se tendrán como verdaderos, en su con- 
tenido y firma ; » 

10a La comunicación diplomática de 2 de Septiembre 
de 1895, dirigida por el Ministro de Relaciones Exterio- 
res al Ministro de Colombia, foja 31 del expediente, y 
la que éste le dirigió al primero con fecha 30 de Enero 
de 1.896, son documentos públicos al tenor del artículo 
151 de la Constitución y 1.283 del Código Civil, que 
prueban de una manera lúcida y refulgente la existencia 
de la obligación de devolver la obra, pues el artículo 1.285 
del Código Civil dice: « El instrumento público hace plena 
fé de la convención ó de la declaración que contiene ; 
así como de los hechos sucedidos en precencid del funcio- 
nario público que lo autoriza ; » 

na A pesar dé todo eso el señor General Crespo 
en vez de honrar la propia firma y la palabra empeñada 
con el Ministro colombiano, resolvió eludir indecorosamente 
su cabal cumplimiento; lo cual originó una larga corres- 
pondencia diplomática sostenida entre la Legación de Co- 
lombia y el Gobierno de Venezuela, correspondencia que 
terminó accidentalmente ( y que puede reanudarse ) por 
un acto de deferencia de parte del Plenipotenciario co- 
lombiano, al convenir en que el asunto era contencioso; 

'2a A fojas 15 y ió de los autos hay docum ntos 
públicos en los cuales consta que fui judicialmente no- 
tificado desde el- 19 de Junio de 1.896, de que está á mi 
disposición la cantidad de ochenta mil bolívares por va- 
lor de la obra en cuestión, para dármelos en cambio de 
ella y en el acto de que yo la entregue. Estos docu- 
mentos públicos hacen plena fé conforme al citado ar- 
ticulo 1.285 del Código Civil ; 

13a Siendo incontestable que el General Joaquín Cres- 
po recibió la obra y se confesó deudor de ella, y siendo 
•evidente su dualidad de mero particular y de Presiden- 
te de la República cuando eso sucedió, era y es de simple 
sentido común que la obra debía restituirla ó pagarla 
Venezuela ó Crespo : y para disipar la duda proveniente 



-6 5 - 

de esa dualidad, demandé á la Nación ante la Alta Corte 
Federal en 1.896; 

14a En Febrero de 1.898 se falló el pleito por 
medio de la sentencia que está publicada en la Gaceta Ofi- 
cial número 7.239, de la cual presenté un ejemplar con 
el libelo de demanda, para que obre sus efectos legales 
conforme á ley de 26 de Abril de 1.897, ( 3 ue est ^- en 
la Recopilación Oficial, tomo XIII, pág. 257 ; ya que, 
conforme al artículo 17 del Código de Procedimiento 
Civil, «los jueces procurarán evitar la multiplicidad de 
los juicios (así como las reclamaciones diplomáticas) y 
el riesgo de que se libren sentencias contrarias 6 con- 
tradictorias EN UN MISMO ASUNTO»; 

15a La sentencia dictada por la Alta Corte Federal 
declara « que el General Joaquín Crespo no lia interve- 
nido, con respecto á la obra demandada, por medio de 
sus órganos constitucionales, que son únicamente los 
Ministros del Despacho, para que, al caso pudiese con- 
siderársele con el carácter de Presidente de la República » ; 
y «que por los actos de este alto Magistrado como sim- 
ple particular, no es, ni puede ser enjuiciable la Nación » ; 

1 6a Disipada así la duda proveniente de la dualidad 
del General Crespo de que antes se habló, y una vez 
muerto él, intenté este juicio contra sus herederos, de 
los cuales ha muerto Joaquín Segundo Crespo, que está 
representado por la madre según consta de autos ; 

17a Los demandados contestaron el libelo de demanda 
diciendo « que lo que hay de cierto es que yo pretendí 
hacer un negocio con el Presidente de la República que fué 
quien recibió la obra, y que como ellos no son herede- 
ros de la presidencia de Venezuela sino de la persona natural 
del General Joaquín Crespo, no están obligados en los 
términos demandados : » con lo cual y puesto que no excep- 
cionaron la devolución de la obra, confesaron implícita 
y virtualmente que ellos la tienen : en el escrito de promo- 
ción de pruebas de fecha 26 de Junio de 1.899 f°j a 104, prein- 
serto en la parte conducente, admitieron y confesaron además, 
que la obra constaba de siete volúmenes de manuscritos ; 

18a Los demandados no han presentado ni podrán 
exhibir jamás un memorial mío ó copia de alguno que yo le 
hubiera digirido al Presidente 6 al Ministro de Guerra y Ma- 
rina, en el papel sellado correspondiente y con las demás 



—66— 

formalidades legales, proponiendo tal negocio ; y ya se ha 
visto que entre el causante de ellos y yo, no mediaron 
sino cartas particulares dirigidas por mí al General Joaquín 
Crespo, y cartas particulares dirigidas por el General Joa- 
quín Crespo á mí: -de lo cual no se puede deducir la 
intervención del Poder Kjecutivo, como si yo en vez del 
libelo de demanda le hubiera dirigido una carta particular 
á la persona privada del señor Juez, contándole lo que 
me ha pasado en este asunto, no se podría afirmar que 
yo había ocurrido á los Tribunales en demanda de mi 
derecho ; , 

19a Los demandados no han exhibido, ni podrán 
jamás exhibir, decreto alguno del Presidente, ni Resolución 
ministerial alguna del Departamento de la Guerra, que 
implique el ejercicio del Poder público llamado Poder .Ejecu- 
tivo, sobre mi valiosa obra, y que responda de alguna 
manera al texto del artículo 94 de la Constitución erando 
dice : « Los Ministros son los órganos legales, únicos y 
PRECISOS del Presidente de los Estados Unidos de Vene- 
zuela. Todos los actos de éste serán refrendados por aquel ó 
aquellos de los Ministros á cuyos ramos correspondan di- 
chos actos ; y sin > este requisito CARECEN DE eficacia, y 
no serán cumplidos ni ejecutados por las autoridades, emplea- 
dos ó particulares ; » 

20a Bl valor de la obra es el valor venal de ella 
resultante de la oferta y la demanda, conforme á la ciencia 
de la economía política que se enseña oficialmente en las 
Universidades de la República ; 

21a El valor aritmético resultante de cualquiera de 
los cuatro cálculos matemáticos á que han dado lugar las 
experticias, es superior al valor venal de la obra ; 

22a No teniendo empeño ni siquiera deseo de veuderle 
mi obra á los demandados, si éstos no quieren dar por 
ella su valor venal, lo natural y más sencillo es que me la 
restituyan, para que yo pueda vendérsela á quien con gusto 
me quiere dar por ella los ochenta mil bolívares ; 

23a Probado con documentos públicos á fojas 1.5 y 
16 de los autos que el valor venal de la ofera es el de ochenta 
mil bolívares, lo natural era que la parte contraria probara 
ó demostrara — y no ha probado ni denio.' la 

citada obra desmerezca ese precio; 



-6 7 — 

24a Probada la detentación de la obra y su valor, están 
virtual y consecuencíal mente probados los perjuicios resul- 
tantes de la usurpación, ya que el valor indicado habría 
podido dar nn rendimiento de diez por ciento anual cuando 
menos ; y 

25a Demostrada la temeridad de la parte contraria 
en este pleito, hay perfecto derecho á que ella sea condenada • 
en las costas. 

Según Adam Smith, « para elevar un Estado desde el 
último grado de barbarie á la más alta cumbre de la opulen- 
cia* no se necesitan más que tres cosas: paz, impuestos 
moderados y una administración tolerable de justicia. To- 
do lo demás viene después arrastrado por la fuerza de las 
cosas. » Bste profundo coiicepto está de acuerdo con aquel 
aforismo tan antiguo como verdadero, de que «dada una , 
buena administración de justicia, poco importa la forma de 
gobierno. » ' Y es que la justicia es el destello más sublime 
de lo Divino y la expresión más. elevada de los grandes 
destinos de la humanidad en» marcha hacia Dios. 

Hn el presente caso, por ejemplo, poco debe importar 
la insolente temeridad de los- millones. A la soberbia 
acuñada debe oponerse la majestad radiante y resplande- 
ciente de las leyes, de esas leyes sabias con que Venezuela 
convida á los extranjeros á vivir en su hermoso suelo. 

Nunca se ofreció á los ojos de un Juez una causa 
más clara, más justa, ni en la cual esté más comprometido 
el honor nacional que en esta causa mía. Con efecto, 
aparte del respeto que siempre inspira la condición del asi- 
lado en cualquier país hospitalario, existe la circunstancia 
gravísima de que en la disyuntiva nacional de ser Ve- 
nezuela ó Crespo quien debe restituir ó pagar la obra, ya el 
más elevado Tribunal del País declaró que no es Venezuela. 
Si ahora los tribunales ordinarios declararan que tampoco 
es Crespo, á más del espectáculo odioso de la iniquidad 
que ofrecería semejante sentencia, ella fundaría una tre- 
menda pregunta internacional, capaz de sonrojar al País, 
y que muy bien podría formularse en estos ó parecidos 
términos i « Si no es Venezuela ni Crespo quién debe resti- 
tuir ó pagar la obra del colombiano" Mestre, sírvase decir 
la Cancillería venezolana ¿ quién debe hacerlo ? » O ^n 



—68- 






forma abstracta y doctrinaria : « Sírvase decir la Cancií 
venezolana si en Venezuela puede haber en principio 
deuda sin deudor?» Y pues que semejante adefesio 
inadmisible para cualquiera que tenga mediano sei 
común, impónese desde luego la condenación de la p 
contraria en los términos de la demanda. 

Cuenta la historia que «los campos de Maratón vi 
combatir á Aristídes, ateniense noble, que se distin 
por el desinterés y el amor á la justicia. Asistienc 
una tragedia de Ksquilo, cuando el actor declamó 
verso «Prefiere ser justo á parecerlo» todas las mir 
le saludaron con respeto.» Teniendo probidad, intelige 
é ilustración, puédese aspirar á tan elevado puesto 
el concepto público, si para ello hay buena voluntad de 
honrar á la justicia y á la patria, sirviendo de ad< 
social. 

Caracas, Marzo de 1.900. 

Vicente S. MESTRE. 





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